Por: Maruja Esperante Lozano

El sutil rechinido de la puerta basta para despertarme. Reconozcoinmediatamente el sonido, es el de alguien que no quiere que se descubra que acaba de llegar. Habrá llegado tarde. La luz del reloj del buró me hace cerrar los ojos un momento. Las doce y media. La hora exacta en la que le pedí que volviera a casa. No entiendo el sigilo de su entrada. Oigo que sube la escalera con pasos lentos y amortiguados. Está subiendo en calcetines. No ha encendido ninguna luz. Espero que no se resbale. Quiero levantarme para saludarla. Aparto la sábana pero al instante me quedo inmóvil. Escucho en el pasillo un sollozo ahogado. Entra a su habitación y cierra la puerta. Me levanto muy despacio pero el ruido de su cerradura congela mis pasos. Silencio absoluto. Solo el golpeteo de mi corazón contra el pecho, solo el repentino frío en los dedos, solo esa humedad en mi espalda. Imito sus pasos. No quiero asustarla y no quiero despertar a su papá. Diría que exagero. Yo sé dónde plantar los pies para que la madera no cruja. Me detengo en la puerta de su cuarto. No se cuela una línea de luz. Acaricio la puerta con los dedos. Acerco la oreja y escucho. Los ruidos son tan apagados que no la traspasan. Cierro los ojos, viajo dieciocho años a ese pasado dulce en el que sabía reconocer si dormía en paz con solo detenerme unos segundos en el marco de la puerta. Vuelvo a escuchar. Llora, ahora estoy segura. Llora en silencio que es el llanto más verdadero de todos. Llora sin tomar aire que es el llanto más profundo de todos. Llora sola. Nunca le ha gustado llorar sola. Cuando era pequeña y lloraba, siempre buscaba a alguien a quien mostrarle sus lágrimas, y cuando no le hacíamos caso, se iba al baño y lloraba frente al espejo. Nunca sola. Qué pudo pasar. Me dijo que saldría, se puso el vestido de flores que le regalamos en Navidad y bajó las escaleras con un trote feliz. Y regresó puntual. Qué puede pasar en tres horas para mudar de la felicidad más ruidosa a la tristeza más silenciosa. Casi prefiero el portazo de la semana pasada. La estampida que la llevó a su cuarto con una puerta sin cerrar. Los sollozos húmedos que me dejó pegados en el hombro. Sé reaccionar en el estruendo, sé entregarle mis oídos, brazos, pecho, puños, ojos, manos, garganta. No sé qué hacer en el silencio, con ese llanto a solas, con esos pasos sigilosos, con esta puerta cerrada.