PATRICIA TUIRÁN

Muchos de nosotros cuando observamos una obra de arte nos enfrentamos automáticamente al deseo de comprenderla; en ese momento nuestra capacidad racional nos lleva a tratar de descifrar el mensaje del autor, auxiliada por nuestra percepción,  observamos la luz, la distribución del espacio, el color, las pinceladas, si tiene algún personaje escondido o algún objeto que nos refiera a la cotidianidad, nos disponemos a narrarnos una historia,  pero,  -¿Qué pasa cuando la obra no nos refiere a nada?-  algunas personas al contemplarla pueden asumir que dentro de la imagen expuesta, existe un cúmulo de códigos secretos que tienen que esclarecer o descifrar, otras, simplemente dan por hecho lo primero que les viene a la mente y pasan de largo hasta que encuentran una imagen que les despierte “algo” o les remita alguna información. Lo cierto es, que en cada uno de nosotros, existe un conocimiento previo que tiene que ver con la intuición y la experiencia, ese es el preámbulo que comúnmente utilizamos para observar una obra de arte; por lo regular nos dirige por caminos sospechados en los cuales transita la naturaleza humana: la incomprensión, el dolor, el miedo, el vacío, la insatisfacción, la búsqueda, el amor; palabras que nacen de la incertidumbre y que hemos venido arrastrando desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo del  XX.

La transformación económica, social y política que generó la Revolución Industrial trajo consigo nuevas formas de experimentar el mundo. El pensamiento predominante de la época se dirigía a una actitud racional, donde el hombre ya no estaría sujeto a los valores tradicionales (representados por el cristianismo) por lo que le llevaría a despojarse de la creencia de una vida idílica sobre el más allá para crear su propio destino. A partir de 1870, Europa comienza a dividirse en dos bloques de países, asumiendo que en caso de uno de ellos entrara a la guerra, los demás serían sus aliados. Esta incertidumbre se vio reflejada en el arte, con el movimiento expresionista, buscando una nueva forma de plasmar el ambiente con sentimientos y emociones, por lo que en 1893 aparece una de las obras más representativas y fulminantes de todos los tiempos. El grito, una figura andrógina es colocada en primer plano para representar al hombre moderno en una situación de desesperación. Munch, cuenta en su diario, que se encontraba caminando junto con algunos amigos, cuando el cielo se tornó rojo sangre: “me quedé paralizado, temblando de ansiedad y sentí que un grito infinito atravesaba la naturaleza“. Este sería el presagio que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.  Los avances tecnológicos como la locomotora, (1803), los barcos de vapor (1783), los automóviles (1838), el telégrafo (1837), y el teléfono, (1860) no solo iban encaminados a traer un bienestar cotidiano, si no también  se iban consolidando hacia la industria bélica, con una capacidad destructiva hasta entonces desconocida (gas pimienta, granadas). Grandes artistas como George Braque, Otto Dix y Breton entre otros, dejaron sus pinceles para encañonar fusiles, defendiendo cada uno su trinchera. El arte como nunca antes, se encuentra suspendido entre un mar de angustia, destrucción y muerte. La primera guerra mundial tuvo una duración de  cuatro años (1914 a 1918) arrasando con Europa y castigando fuertemente a Alemania;  se estima que el número de víctimas fue entre 10 a 31 millones de muertos.

La realidad había superado toda pesadilla, la sensación predominante de la postguerra, era de rebeldía y subversión estética por lo que surge el movimiento Dadaísta, rechazando todo lo establecido, las primeras imágenes se concentran en letras yuxtapuestas con mensajes incongruentes y extraños. Los estudios publicados sobre la teoría del subconsciente del Dr. Sigmund Freud sobre  ¿El por qué la guerra? y la interpretación de los sueños  apuntaban  que “el ser humano no se siente feliz en la civilización por mucho que afirmen lo contrario, pues existe un yo más profundo, una especie de salvaje primitivo dentro de todos nosotros que ansía liberarse de los límites que pone la civilización”.  Los surrealistas toman como estandarte estas afirmaciones creando El Surrealismo.

Es posible que el termino Vanguardia provenga de un punto de vista militar, pues se denominaba aquel grupo de un ejército que se encuentra próximo a las líneas enemigas teniendo como finalidad, ser punta de lanza para combatir enérgica y sorpresivamente. El deseo vehemente por olvidar o superar el pasado y abrirse al futuro hace que se emprenda un impulso creativo, y es ahí donde surgen nuevas formas de comprender el acontecer humano.