ANA FUENTES

Esta expresión usaba una amiga adorada, cuando no se sentía bien.  Hoy la uso con conocimiento de causa, pues me atropellaron de verdad.

Todos hemos en algún momento cometido la idiotez de voltear a ver el celular mientras manejamos. Nada más un poquito. Solo un recado urgente. Solo aviso que estoy ahí en dos. Pues resulta que el otro día, iba yo en bici al gimnasio. A lo tonto no me puse el casco, total estaba cerquita (otra valiosísima lección, los accidentes no son cuando estás preparado. Hay que estar preparado SIEMPRE). De camino, entré a una glorieta en una calle bastante concurrida, a buena velocidad y por la calle perpendicular venía un coche obscuro, lo vi, pero pensé que si me frenaba iba a causar más problema y que el seguro iba a bajar su velocidad. Yo por ir dentro de la glorieta, tenía la preferencia. El conductor iba tarde para una cita, venía viendo su celular y nunca me vio. Me centró a unos 50 km por hora, del lado derecho del cuerpo. Cuando vi que no iba a frenar, no tuve más remedio que ponerme flojita. Pensé que me iba a morir. Oí un impacto sordo de la lámina del coche al hacer contacto con mi bici y mi persona. No sé que pasó. Por el resultado supongo que salí volando y aterricé sobre el mismo lado derecho impactado, pues el lado izquierdo de mi cuerpo quedó intacto. Por suerte el coche no me pasó por encima, ni ningún otro coche de la glorieta me remató.

Tuve conciencia de mucha gente a mi alrededor que me decían que no me moviera, que ya venía la ambulancia, me daban agua, no se por qué. Tomé un poco para que se callaran. Me dijeron si había alguien a quien pudiera llamar. Alcancé mi bolsa como pude, saqué mi celular y  le dije a Alaris dónde estaba y que había tenido un accidente. Pobre hombre, casi le da diabetes. Llegó volado. Le pidieron que no me tocara y solo le preguntaron a qué hospital quería que me llevaran. Lo oí pedir que al hospital militar que está enfrente del sitio del accidente.

No recuerdo bien el camino, ni como entramos al hospital, y mis recuerdos son confusos, porque una vez ahí, le pregunté a Alaris que quién le había avisado. Me dijo, tú me llamaste. Y de volada llamaron a un neurocirujano. Lo primero fue ver cómo estaban mi cerebro y cráneo después de canalizarme y tomarme los signos vitales. Me hicieron una tomografía y vieron que por suerte tengo la cabeza dura y no pasó a mayores. Luego un internista me tomó ultrasonidos del tórax para ver que no hubiera sangrados internos ni se me hubiera reventado ningún organo. Todo aparentemente bien. Luego apareció el ortopedista y me preguntó qué me dolía. Hasta me dio risa. Todo. Me tomaron rayos equis de todo el cuerpo y por milagro no tenía ningún hueso roto. A todo esto, sangraba como toro de lidia, pero decían que eso no era de urgencia y que primero había que ver lo demás. En una de las idas a los rayos equis, quise ir al baño y me dieron chance. Me miré en el espejo. Error, gravísimo error. Salí del baño llore y llore. Alaris y el camillero alarmados pensaron que me había caído. No me había visto. Tenía un vendaje en la cabeza lleno de sangre, la oreja derecha cubierta por un esparadrapo completamente empapado en sangre y estaba hecha una desgracia.  Como perro atropellado!

Noté que un hombre de traje me seguía a todos lados, y después también un militar de camuflaje y dos hombres vestidos con ropa casual. Le pregunté a Alaris que quienes eran y resulta que el trajeado era el socio del conductor que me atropelló y los otros sus hermanos, que estaban ahí para asegurarse que me atendieran bien y pagar los gastos y yo creo que ver que no me fuera yo a morir, porque al hombre se lo habían llevado detenido y si yo me moría, no lo iban a sacar nunca.

Les dije a los doctores que me dolía mucho el hombro derecho, me tomaron varias radiografías y dijeron que todo bien, que era “solo el golpe”. Curiosamente, como son aquí, nunca me quitaron la ropa y no me revisaron completa por lo mismo. Uno se puede morir, pero como decía el papá de una amiga “El honor hija mía, es un cristal delicado, que una vez empañado, no se puede limpiar…” y aquí mantienen tu honor en buen estado aunque tu cuerpo esté para la basura. Cuando llegué a mi casa y me encueré vi que el hombro tenía una laceración de cállate la boca, que nunca me vieron y pensaron que la sangre venía de la oreja, la mano también tenía una cortada importante que nunca vieron porque la manga me la cubría. En fin, color local.

Total, pasado lo urgente, dijeron que ya podíamos empezar con los “detallitos”. Vino un cirujano plástico, que ha de ser muy chipocludo, porque llegó con como quince estudiantes y me metieron a un cuarto a ver que se podía hacer por mi oreja. Resulta que al caer me arranqué el arete (idiota de mí me angustiaba haberlo perdido, como si eso fuera importante), desgarrándome el lóbulo y también me arranqué un poco la oreja de donde debe ir pegada. Oí al cirujano decir que estaba difícil la costura porque los bordes no eran rectos. Dijo Bismillah (en nombre sea de Dios) y se lanzó a hacer el tru trú. Como ya habían pasado muchas horas del golpe, me había dado tiempo de hincharme y me dolió bastante la limpieza, hasta que la anestesia funcionó.  Cuando acabó le pregunté a Alaris si le había quedado parejita, como la otra oreja y el pobre hizo cara de que quería llorar. Yo pensé, ay en la madre, seguro quedé como pit bull después de una pelea.  Ni hablar. Algo dijo de una pomada para las cicatrices y que igual ayudaba también para la cara, que tenía toda raspada del lado derecho.

Tenía también abierta la cabeza, por arriba de la frente, pero eso ya no era chamba del especialista y vino otro doctor. Me hicieron inclinar la cabeza por un lado de la camilla para lavarme la herida con suero, me raparon alrededor de las heridas más grandes (otra vez, esto me angustió tontamente, si era lo de menos) y me empezó a coser, a la mitad le dijo a una estudiante que le siguiera ella. Le dije felicidades cuando acabó. El doctor a modo de disculpa me dijo, “Te va a tapar el pelo la cicatriz y la dirigí todo el tiempo.” Le dije que no había fijón, que ya sé que en algún momento tienen que aprender y que estaba perfecto. Le dije que por favor me viera el pie, que nadie me había visto. Yo creo que cuando me pegó el coche encogí la pierna por reflejo, y por suerte, que si no me la hubiera roto seguro. Tengo esta sospecha porque aterricé sin zapato, sin calcetín y con el pié magulladísimo, sobre todo el dedo gordo y el talón. El dedo gordo estaba como partido a la mitad, con la uña hecha pedazos. El doctor lo vio y le dijo al enfermero que me pusiera una inyección de anestesia, me arrancara la uña y me vendara. Y listo.

Me pusieron una inyección de morfina y una antitetánica, una señorita que no se espero a que me acomodara ni me bajara las mallas, me las puso como banderillas en corrida de toros, más en la espalda que en la pompa. Me dijeron que en vista de que habían pasado ocho horas y mi estado neurológico parecía estable si quería me podía ir a mi casa y dije que si porfa. Nadie vino nunca a quitarme la canalización, me la quité yo.

Vino el socio de Fadi, así se llama el hombre que me atropelló y me dijo, te tengo una sorpresa. Yo dije, otra? Jajajaja. Me dio mi arete. Un chavo lo recogió de la calle. Me pidió disculpas otra vez y me dijo que cualquier cosa le llamara. Pagó la cuenta del hospital. Y me pidió de favor que fuera a la estación de policía a sacar a su compadre.

A mí no me iba a servir de nada que refundieran a Fadi. No me iba a regresar mi día, mi cara, mi oreja, ni mi bici. El pobre hombre yo creo que no va a volver a ver su celular mientras maneja nunca. Fuimos a la estación. Nos acompañó un amigo, que cuando me vio hasta me apapachó. Nunca me había tocado a pesar de que somos muy amigos, pero le dio angustia verme tan aguacateada.

En la estación salió un poli y se subió a mi coche a tomarme declaración, para que no me tuviera yo que bajar. Dije que no quería yo denunciar a Fadi, que había sido un accidente y que lo dejaran ir. Firmé y listo. Me dijo que al día siguiente volviera y fuera al juzgado a declarar lo mismo, que Fadi lo necesitaba para fines de su seguro y para que no le quitaran la licencia. Bueno pues.

Fuimos a por mi bici. Monociclo ya. El dueño del puesto de plantas de enfrente me la guardó, junto con mi botella de agua, mi gorra, mis lentes. Nadie se robó nada. En México, es penoso decirlo, mi cartera hubiera desaparecido antes de yo tocar el suelo, igual que mis celulares y mis tennis. Aquí nada.

En la noche llamó Fadi a preguntar como seguía.

Al día siguiente fuimos a la estación. Yo con hijab para taparme los vendajes y las heridas que se veían, si cabe más aparatosas. Supongo que el cerebro me rebotó dentro de la cabeza y que se me reventaron varios vasitos. El derrame me está saliendo por el ojo derecho. Parezco cotorra. Se ve horrible. Fadi no me había visto después de que me levantó la ambulancia y casi se pone a llorar. Le dije que no se preocupara, que esto es una lección para todos, de no manejar y usar el celular al mismo tiempo y de siempre usar el casco, el cinturón y lo que esté en tus manos para protegerte. Por eso lo cuento, para que nunca más volvamos a usar el celular al manejar. Cuéntaselo a todo el mundo. No es un mito, no es un meme. A mí casi me cuesta la vida.

En el juzgado estuvimos toda la mañana, nos hicieron subir y bajar escaleras para que me “revisara el doctor”. Yo le dije al poli a cargo,  “ A ver, amigo, está viendo y no ve que no estoy en el mejor momento físico como para estar haciendo calistenia? Organícese y vea donde está el doctor y luego vamos porque no me es fácil la escalera”. Solo me miró con cara de menso. El doctor me preguntó como me sentía. Le dije que como si me hubieran atropellado. Apuntó. Me dijo que volviera en dos semanas. Yo me indigné. La juez me dijo lo mismo. Le dije, a ver, pero si yo lo que estoy diciendo es que no tengo pleito con el señor, que no lo quiero denunciar, que ahí muere y usted quiere que yo vuelva a venir. Me dijo que sí, que muchas veces los “detalles” salen después y que a lo mejor me entra el rencor más adelante. Házme favor.  Ya volveré a decir de nuevo que el hombre no vaya a la cárcel y a enseñar mi oreja y mi corte de pelo.

Gracias a que llevo muchos años abusando de mi cuerpo con maratones, spinning y todo tipo de ejercicio, tengo muy buena recuperación y si bien mi apariencia es todavía como de disfraz de Halloween por los derrames y las costuras, me siento mucho mejor y gracias a Dios, Alhamdullillah, lo puedo platicar.

Prometo que todos mis aparatos van a ir en mi bolsa en modo silencioso cada vez que vaya manejando y que nunca más me vuelvo a subir a una bici sin casco. ¿Quién se suma a mi promesa? Salam!