MARÍA COELLO

Y de pronto la vida te detiene, te “sienta” porque quiere hablar contigo y no le haces caso. Te recuerda cosas que tal vez habías olvidado: como la importancia de la virtud de la paciencia, en este mundo en el cual las estrellas dicen que nosotros somos los fugaces, todo pasa tan rápido y de manera tan inmediata que ahora se nos está dando la oportunidad perfecta para aceptar nuestras vivencias y hacernos amigos de las consecuencias.Para levantar nuestras palabras, no la voz, porque es la lluvia la que hace que las flores crezcan, no los truenos. Para tomar completa responsabilidad del papel que jugamos cada uno de nosotros mismos en nuestra propia felicidad. Y de pronto te das cuenta que la felicidad nunca se trató de algo inalcanzable y lejano; que siempre estuvo aquí cerquita de nosotros: que son las cosas simples como los abrazos, la sonrisa de las personas que más quieres, la risa de un niño, esa voz que te aconseja, respirar aire puro, ver un atardecer y cómo las estrellas pintan el cielo también, el olor a café recién hecho, el poder compartir tu alegría y tu dolor con alguien más, el sonido de las olas del mar, una suave brisa o la satisfacción que se siente después de haber hecho algo de ejercicio. 

Ahora lo entiendo todo: la vida nos sentó para regalarnos tiempo para hacer todo eso que hace nuestros ojos brillar. “Cuando el mundo te obliga a parar, no lo hace sin dejarte una lección, permítete descubrirla”.