ANA FUENTES

El Nono decidió un día sin más que iba a morirse. Dijo que quién quisiera podía pasar a despedirse de el, se puso una bata, se sentó en un sillón y se fue apagando como velita. Y se murió.  A necio no le ganaba nadie. Decidió que era hora de morirse, para no dar lata, mientras todavía estaba entero, a sus 92 años. Como un árbol robusto pero bajito. No estaba enfermo, no tenía nada. Los que lo conocíamos le creímos la intención, pero nunca pensamos que la voluntad le diera para de verdad morirse cuando el quisiera. El tenía las ideas bien puestas, los valores clarísimos e invariables y las metas siempre claras. Quisiera saber el secreto. Hoy en día, los chavos se descarrilan con cualquier contratiempo y las personas cambiamos de filosofía según cambie el clima. El tuvo poca dirección, suficientes contratiempos como para descarrilar un tren, pero siempre se mantuvo firme y con la mirada en el objetivo.

Le creímos porque cuando decía algo, iba en serio. Un día le mandó flores a su esposa. Muy temprano, quería que su arreglo fuera el primero del día de las Madres. El florista llegó a una hora que no era de Dios a tocar en la casa. Como era sorpresa, al oír el timbre, el no se levantó a abrir. Se hizo el loco, para que ella abriera y recibiera el regalo. Cuando ella volvió después de abrir, esperaba verla emocionada y agradecida. Se sorprendió muchísimo de que estuviera hecha un basilisco por haberse tenido que levantar de madrugada después de haber pasado la noche cuidando una calentura y tener por delante una “celebración” que representaba un trabajal. Le dijo que nunca más le diera una sorpresa de esas. Y nunca más le mando flores. Así era el. De absolutos y de palabra.

Nació en una aldea, ni siquiera pueblo, en el norte de España, a principios del siglo pasado. Era un lugar muy verde, ya que no paraba de llover de a poquito, pero lo verde era principalmente moho, poco se podía cultivar en su suelo peñascoso y el poblado era muy pobre. Tuvo muchos hermanos, pero solo el y otro más vivieron hasta ser adultos. Las condiciones no se prestaban. Contaba que para ayudar en su casa, repartía abono que recogía en las casas de quienes criaban animales, a aquellos que cultivaban verduras, haciendo de la boñiga un pequeño negocio. Limpiaba los establos y los gallineros de los vecinos, recogía los huevos y ayudaba a ordeñar las vacas y matar los cerdos. A veces le regalaban un huevo, un poco de carne o unos huesos para el caldo. Buscaba ayudar a quien pudiera, con tal de ganarse unos centavos de propina.

Como solía suceder en los pueblos pequeños y aislados, la aldea estaba llena de misterios y leyendas. Contaba que había un hombre misterioso que aparecía por los caminos en la noche y robaba y pegaba a la gente que andaba sola. Tenía un nombre y todo, pero nadie sabía a ciencia cierta quien era. Se organizaban los niños y muchachos del pueblo, envalentonándose en grupo, para darle caza. Lo esperaban todos juntos, cuando creían que venía, le salían al paso y terminaban todos golpeados y con las manos vacías siempre. El fantasma siempre escapaba.

En una ocasión, su madre tenía que hacer una visita urgente y le encargó al Nono a su hermana de brazos. El era apenas un niño. Una mujer, que en el pueblo acusaban de bruja, le quitó a la niña. El corrió a avisar a sus padres, quienes fueron rápido a buscarla. Encontraron a la bruja tratando de amamantar a la niña, que tenía un hilillo de sangre saliéndole por la boca y no paraba de llorar.  Se la llevaron horrorizados. La niña no paró de llorar y no volvió a comer nunca. Murió unos días después.

Los padres de Nono no le veían futuro a la vida en la aldea, habían perdido muchos hijos y les surgió la oportunidad de mandarlo a México con un pariente lejano que tenía un negocio a probar fortuna. Decidieron que era mejor arriesgarse a mandar al niño de doce años a un futuro incierto, pero futuro al fin, que dejarlo en donde probablemente no llegaría a grande. Así pues, se fue con su padre caminando varios días hasta el puerto de Vigo, en donde abordó un barco, cuyo pasaje pagó con las propinas que había guardado con la ilusión de comprar un cerdo.

Recuerdo que cuando oí esta historia, pregunté que porqué habían caminado, porque no habían usado la carreta o el burro del negocio del abono. El se rió de buena gana, y me dijo que no había ninguna carreta ni burro, que el burro era el que repartía el abono, cargándolo sobre su cabeza. A lo mejor por eso era tan bajito.

En esos tiempos, los cruces transatlánticos eran peligrosos, había tormentas y epidemias abordo. Con frecuencia la gente no llegaba a su destino. El Nono era muy listo, se hizo amigo del personal de la cocina del barco, a cargo de matar los animales para comer. Como sabía de esto, se ofreció a ayudarles a cambio de que ellos le dejaran hervir su agua y su comida y tomar unos periódicos para cubrir el baño antes de usarlo. Además lo invitaban a jugar a la baraja y al dominó.  La afición por el dominó le duró toda la vida. La amistad con estos señores lo mantuvo a salvo de la epidemia de tifus que acabó con varios pasajeros antes de llegar a Cuba, en donde estuvieron en cuarentena. Por aquel entonces, en España se gestaba la guerra civil y Cuba todavía no era comunista, por lo que a los pasajeros se les revisó para ver si alguno era un “espía rojo”. Cuando le tocó su turno al  Nono, lo hicieron desnudarse y revisaron todas sus pertenencias. Los oficiales creyeron haber encontrado lo que buscaban, ya que tenía material escrito en la parte de atrás de las piernas y las pompas. No lo dejaron explicar y cuidadosamente leyeron y analizaron los textos que se le habían transferido al sentarse sobre periódicos en el baño….. Anuncios de ropa y medicinas, noticias internacionales….

Una vez que se declaró que ya no había más enfermos a bordo y su paranoia antirrepublicana quedó tranquila, siguieron hasta Veracruz, en donde el pariente lo esperaba para reclamarlo. Llegó con doce años, muerto de hambre, con dos mudas de ropa, sin saber apenas escribir y sin tener ni idea a qué venía. Solo sabía que venía a triunfar. A hacerse una vida para el, para sus padres y para los hermanos que le quedaran. Nunca olvidó el favor que le hizo el tío y lo pagó muchas veces, yendo a reclamar a otros paisanos conocidos y desconocidos a Veracruz para que pudieran entrar a México.

Resultó que el pariente tenía una cantina en el centro. El trabajo del Nono consistió al principio en servir y recoger las mesas y limpiar el local y los baños. A cambio recibía un pequeño sueldo y tenía permiso de dormir en el mismo negocio, sobre las mesas una vez que cerraban. A fuerza de ver los desfiguros que ocasionaba el exceso de alcohol, decidió que nunca sería borracho. Le gustaba tomar una copa de vez en cuando, pero siempre fue medido.

Quiso aprender a escribir y leer bien, aprender a llevar las cuentas. Se hizo con un manual de caligrafía y un cliente le regaló una pluma fuente usada y un cuaderno. Aprendió a escribir precioso. Durante toda la vida escribió siempre con pluma fuente, con una letra Palmer como de rotulador profesional. Como era muy dedicado, también aprendió contabilidad rápidamente y comenzó a llevarle las cuentas al tío, haciéndole ver en dónde estaba perdiendo, en dónde podía ganar más y así fue ganando más dinero poco a poco. El negocio de las cantinas no le gustaba y cuando tuvo unos ahorritos, le dio las gracias al tío y decidió independizarse. Puso una tienda. Pequeña al principio y luego fue creciendo. Vendía abarrotes, vinos y licores, ultramarinos y productos básicos. Era muy práctico y hacía paquetes de oferta que en ese entonces nadie vendía. Por ejemplo: una pieza de pan, una rajita de canela, una cucharada de café, un terrón de azúcar por unos centavos. Era un desayuno muy básico para un obrero.  Así también había paquetitos con un par de jitomates, una cebolla chica, un chile, un poquito de sal, un par de ramas de cilantro, un diente de ajo. Lo justo para hacer un guisado o una salsa. Trabajaba de sol a sol. Atendiendo la tienda, llevando las cuentas, haciendo las compras, preparando los paquetes, ordenando los estantes. Entre tanto se dio tiempo de aprender a tocar la gaita y el acordeón. Tenía un muy buen oído musical. Se hizo gaitero del centro gallego, en donde se relacionó con otros paisanos, por aquello de la nostalgia. En algún momento asistió a un cursillo espiritual con los maristas y el compromiso de rezar le quedó para toda la vida. Le gustaba tomar largas caminatas mientras rezaba. De chica me gustaba acompañarlo, si bien no entendía porque no hablaba y no sabía hasta donde pretendía llegar. Me parecía que íbamos lejísimos. Al terminar la caminata, me llevaba a la tienda de la esquina y me dejaba comprar unos cigarros de chocolate o alguna otra cosa.

En el centro gallego conoció a una familia que tenía una perfumería. La señora se ofreció a lavarle y plancharle la ropa, ya que no le daba tiempo con tanto trabajo. Se hicieron amigos y la amistad les duró toda la vida. El para ese entonces ya era “un buen partido” y ella tenía dos hijas en buena edad. La grande era lindísima. Empezó a cortejarla y al final se casaron. Ella adolescente, el mucho mayor. Le tomó tiempo hacerse de una posición como para poderse casar. Finalmente pudo  traer a sus padres y su hermano.

Le encantaba jugar al dominó y lo hacía muy bien. Jugaba con los amigos, con los parientes, a veces con su suegra, a quién entonces llamaba bruja, pues decía que le hacía trampa. Su mujer tenía celos del juego, nunca quiso aprender. Tenía celos también de la gaita y el dejó de tocarla para siempre para darle gusto.

La tienda era un muy buen negocio, pero era un negocio muy esclavizante. Tuvo oportunidad de venderla y asociarse con tres paisanos para poner un negocio de baños. En teoría sonaba bien. Cada uno se haría cargo del negocio durante seis meses, pudiendo finalmente descansar y disfrutar de la familia el resto del tiempo. Tenía seis hijos a los que veía poco, y esto lo decidió.

El nuevo negocio le dio muchos quebraderos de cabeza. Los socios eran unos vivales que durante el tiempo que les tocaba llevarlo, no lo administraban bien, se metían en problemas con el fisco y en general le dejaban al Nono todo patas para arriba. El apenas lograba recomponerlo y dejarlo todo en orden cuando de nuevo le tocaba dejarlo para que se lo volvieran a echar a perder. En cambio pudo viajar, disfrutar a los hijos y nietos y estar un poco más en su casa.

Nunca cayó en la tentación de hacerse de la vista gorda con las irregularidades en el negocio. Jamás fue de excesos. Nunca dejó de pagar una apuesta. Y apostaba poquísimo. En una tarde entera de dominó, no se perdían o ganaban más de el precio de una caja de galletas marías, pero en la apuesta iba el honor y jamás hizo trampas.

En las comidas y festejos le gustaba comer bien. Comía con buen apetito, de todo y por su orden. Le gustaban las carnes con mucho sabor, nada de filetitos limpios y milanesas sosas. El prefería un buen chamorro, una cabeza de pescado.  Si bien dejó de tocar la gaita, le seguía gustando oír la música de su tierra y cantaba de vez en cuando.

Su recuerdo me atrapa cuando menos lo espero y me hace perder el aliento. Lo extraño siempre. Cuando oigo revolver fichas de dominó, cuando veo un traje de casimir, cuando alguien usa lentes entintados de verde, cuando alguien hace ruido con las uñas sobre una mesa con cristal por encima, el olor de ciertos jabones y por supuesto, el sonido de las gaitas. La gaita no es un instrumento cuyo sonido me guste en particular. Me parece la combinación entre un organillo y un par de gatos en un costal, pero para mí siempre será un sonido lleno de nostalgia por un abrazo de mi Nono. Curiosamente, las he oído en los lugares y momentos más insospechados y cuando he necesitado esos abrazos: una vez, corriendo un maratón en Nueva York, cuando sentí que ya no podía más, al doblar una esquina, había unos gaiteros tocando. Comencé a llorar rico y seguí corriendo. En otra ocasión, había tenido un serio problema, estaba muy triste y una amiga me invitó a un bazar en una iglesia anglicana cerca de donde vivía. Había gaiteros tocando, que me alegraron el día.  Hoy, vivo en un país muy lejano al mío y con costumbres muy diferentes. Soy feliz, pero a veces me da nostalgia y necesito a mi gente…y ¿qué crees? No hay mariachis, pero si hay gaiteros.