Algo llega a su fin y nos damos cuenta de cómo después de cada viaje, después de cada risa y experiencia ya no somos los que solíamos ser.

Por un segundo nos convertimos en seres inmortales al entregarle a ese momento un pedazo de nosotros mismos; congelando así las manecillas de reloj; cumpliendo la paradoja perfecta: nos encontramos al perdernos, al abrirle las puertas al cambio. Y es en ese preciso instante en el que confiamos plenamente en que la vida nos irá encarrilando hacia el camino correcto, al igual que lo hace la cálida brisa que recorre las dunas de arena en el desierto, amoldándolas suavemente, creando obras de arte efímeras distintas cada vez. Enseñándonos así que nada dura para siempre.

Quizá todos y cada uno de nosotros somos un simple granito de arena dentro de un maravilloso e inmenso desierto de posibilidades…