ANA FUENTES

Así como hay plantas “de exterior”, existen personas también de exterior. Yo me considero una de esas. Puedo estar adentro perfectamente. Me gusta leer, me gusta escribir, estudiar, ver películas y me puedo entretener adentro sin problemas, pero me fascina estar afuera. Salir a correr, a caminar, a dar la vuelta, me parece indispensable. Los encierros forzosos, por clima o por enfermedad me dan tiricia, como dice mi papá, y empiezo a ver como se me hace el corazón chiquito. Me fascinan las playas, los bosques, los cerros, los cielos abiertos, las estrellas al descubierto y simplemente el sentirme viva en medio de la naturaleza es algo que me hace muy feliz, o sea que salir al campo es un plan que me gusta.

De niña, mi mamá le decía “hacer día de campo” a comer afuera, de manera informal,  aunque fuera en el jardín de la casa, pero de preferencia ir a alguna parte a pasar el día y si, hacer el día afuera. Tuve la suerte de que mientras crecí, durante los veranos, hacíamos ese plan mucho. La familia muégano íbamos de vacaciones siempre en plan tumultuario, nunca pocos. Siempre varias hermanas de mi mamá con sus familias, varios abuelitos, varios amigos de los hijos, algún primo del otro lado y algún otro agregado cultural, más lo que se acumulara. Ya te imaginarás entonces los días de campo. La noche anterior se decidía a donde íbamos a ir, que si el clima iba a estar más bonito en tal o cual sitio, que el otro estaba mejor para los bebés y los abuelitos, pero que tal otro tenía asadores, pero que un tercero no dejaba llevar lanchas para esquiar, pero que…… Al final se tomaba una decisión de a dónde ir, una hora aproximada de salida y por supuesto un menú común, porque ni modo que los de una casa llevaran sándwiches y los otros hot dogs. No señor, no se podía prestar la cosa a una anarquía semejante. Todo el mundo llevaba material para el mismo menú.

Temprano en la mañana comenzaban los preparativos, se hacían hieleras con las provisiones necesarias, que parecían como para una campaña militar, si hacia falta algo, se compraba, se hacían varias maletas- si, no es cotorreo- llenas de toallas para todos los que fueran a nadar o esquiar en agua, aparte se metían a la camioneta unas sillas plegables para los abuelitos, juguetes para los chamacos, unas mantas grandotas con un lado plastificado para sentarse en el piso, un aparato de música, algo para jugar, cada quien si quería llevaba su bloqueador de sol, su bronceador, gorra, libro y unos pants para en la tarde que refrescara, y así, ya con esa organización sencillita y con solo lo indispensable empezaban los gritos de ¡AAAAllll coooooocheeeeeee!!!!!! El que no esté listo se quedaaaaaaa! ¿Cómo que tu hermano se quiere quedar, no se ha levantado? Que se manda solo, dile que se aliste en dos minutos porque ya nos vamos. Que se va a quedar ni que nada. ¡Aaaal cooooocheeeee! Y finalmente salíamos.  Después de un rato de carretera, oyendo música o cuéntos españoles, que tenían unas voces para partirse de risa, llegábamos al lugar y a bajar todos los triques y organizar todo. Lo pasábamos bomba. Comíamos allí, tomabamos el sol, jugábamos a tarugadas en los árboles y en el agua, luego jugábamos Yahtzee o dominó cubano, a lo mejor cartas, unos pescaban, otros esquiábamos en agua. En la tarde, cuando empezaba a hacer frío, nos cambiábamos la ropa y a recoger todo otra vez, meterlo en los coches, contar cabezas para que nadie se quedara y vámonos de regreso a las casas a decidir a dónde iríamos al día siguiente.

Cuando mis hijos fueron chicos, tuve la suerte de llevarlos dos veranos al mismo lugar y que vivieran esos días de campo, si bien ya no eran tan tumultuarios. También los llevé varias veces de día de campo a la Marquesa, a acampar en la Sierra de San Pedro  y al Tepozteco.

En Jordania, como ya les he platicado, el clima es extremoso. El invierno es corto, pero llega a ser muy frío y es cuando llueve y hay neblina o sea que tenemos días en los que no se ve la banqueta de enfrente y hace muchísimo frío, mientras corre agua por las calles. Dan ganas de envolverse como taco en una cobija, cerrar las cortinas y no salir por ningún motivo. En verano, sucede lo contrario. Hace un calor tremendo. Desde las ocho de la mañana las temperaturas rebasan los treinta y tantos grados, cosa que no es de Dios, y para la tarde, usualmente tenemos más de cuarenta y cinco grados. La gente, si puede evitarlo, no sale durante el día. O va de la casa al coche y del coche, volada a la oficina, pasando el mínimo tiempo fuera del aire acondicionado.  Por eso, cuando el clima está agradable, la gente lo valora mucho más y a la menor oportunidad, organizan un día de campo. Los viernes, que son los días feriados, si el clima está bien, a partir de Febrero y hasta Mayo y luego durante Octubre y Noviembre, se puede ver a los lados de cualquier camino a familias sentadas junto a su coche, usualmente con un asador chiquito, o haciendo té o café sobre una fogata, disfrutando del clima y haciendo un picnic.

Obviamente, si va a ir poca gente, la decisión es fácil, si no, claro que hay el mismo tipo de relajo para ver a donde van a ir. Y si no salen del mismo lugar, todos en caravana, luego para encontrarse es una bronca, porque aquí el asunto de las direcciones es más bien un adorno, incluso en las ciudades. Todo el mundo se habla por teléfono veinte veces para que le expliquen por donde tiene que ir (hasta el correo, no es broma, te hablan para preguntar como llegan a tu casa, teniendo la dirección), o para que te manden la localización al celular y a ver si das con el lugar. Una vez que llegas, igual, ponen mantas en el piso para sentarse, organizan una fogata o un asador chiquito o las dos cosas y normalmente la comida que preparan es mucho más elaborada que la que se hacía en los días de campo de mi infancia. Hacen kebabs en los asadores o algún tipo de carne asada (pollo, carne o pescado) y alguna ensalada o traen rollos de hojas de parra o calabacitas rellenas para acompañar el asado.  Además, como en esta temporada es cuando todo se pone verde y crecen las plantas silvestres, mientras se hace el asado, normalmente se “cosecha” alguna verdura silvestre para otro día. Hay plantas que no se dan en México y que se comen y son ricas. Unas como verdolagas silvestres, un tipo de berros, un tipo de cardos que se comen los corazones y las raíces y muchas flores, que no se comen pero son muy lindas.  Claro que como en todas partes, no falta el balón para jugar la cáscara con los niños. Se prepara café o té sobre las brasas y en general es un plan riquísimo.

Mañana comienza para Alaris la temporada fuerte de trabajo. Hoy en la noche recibe a un grupo de franceses y hasta Mayo tiene muchísimo trabajo y yo también, afortunadamente. Ayer, aprovechando el fin de semana y viendo que quién sabe cuándo tengamos oportunidad de volverlo a hacer, nos fuimos de día de campo a las montañas de Ajloun, solos él y yo. Ajloun es un pueblo que está como a 45 minutos al norte de Amman. Debe su nombre a un castillo de la época de las cruzadas que está en la cima de una montaña a las afueras del pueblo. Está rodeado de un bosque que es una reserva ecológica que se llama Ajloun también, otra reserva que se llama DIbeen y una zona de pequeñas montañas que está llena de granjas en donde se crían cabras y ovejas, se cultivan olivos, almendros, higos y duraznos, frijoles y sumac. Es una zona muy verde y muy bonita, y ahora que ha llovido, está preciosa, con los árboles floreados y los campos llenos de flores silvestres.  Caminamos, tomamos fotos, cocimos papas y camotes en una fogata, comimos yogurt artesanal, o más bien lo comí yo, porque el hombre que se lo vendió a Alaris le dijo que era de vaca y le dio uno hecho con leche de cabra, que a el no le gusta, hicimos té sobre las brasas y lo perfumamos con salvia silvestre.

He ido de picnic varias veces con mi familia jordana. Les fascina el plan y a mi me encanta, en si mismo y además me hace revivir recuerdos de mi familia mexicana, de mi infancia, de mis niños. El picnic de ayer fue un gran abrazo de bienvenida a la temporada que empieza, en el que sentí presentes a los míos y con el que despedimos las vacaciones que tuvimos chance de tomar en México y los días sin tanto trajín que tuvimos la suerte de tener al volver, para instalarnos en la rutina poco a poco.