PALOMA GONZÁLEZ

Con la inmediatez de las redes sociales las fiestas decembrinas llegan a nuestra puerta con un mes de anticipación. La nostalgia y emoción destinadas a la exclusividad de diciembre sólo queda en nuestro imaginario de antaño. Hoy ya no están reservadas para un par de semanas al año, gracias a los medios digitales y al mundo consumista, formado por tiendas, marcas, centros comerciales, y todos los que quieren nuestro dinero. Noviembre es el nuevo diciembre.

¿Cuándo permitimos y acordamos que la vida estaba pronosticada para durar menos? Porque el tiempo cada vez se siente más efímero y parece que los momentos son más cortos.

La fiesta de Independencia le pisa los talones al verano, los muertos al 15 de septiembre, y así sucesivamente hasta que nos acabamos de una mordida voraz los 12 meses.

El conteo de lo bueno, lo malo y lo peor empieza antes y se alarga hasta el último día del año. Muchos dirán que es una auténtica tortura, pero aquí la tenemos.

Nos hemos convertido en una sociedad más cínica y menos contemplativa. La colectividad se fragmenta en millones de mini universos alimentados de una pantalla individual. Pedir o recibir el popular “me gusta” es señal del egocentrismo actual, parece que nos une pero, ¿hasta que punto es real?

No todos los años son iguales, debo de admitir que éste que está empezando por acabarse no ha sido peccata minuta. Hay un meme que decía: “Sorpréndeme 2017”. Atinadamente el 2017 nos sorprendió. Dentro de todos los desastres que sorteamos este año habrá que frenar el pesimismo que con razón y facilidad podría emerger de nosotros. Dejemos un poco de lado el cinismo y tratemos de enfocarnos en las luces que brillaron y con suerte atraigamos un par extra para el último jalón.

Y con esto no quiero decir que sumemos triunfos magistrales o momentos épicos, que no están de más tampoco. Todos tuvimos nuestras estrellitas muchas o pocas, transitorias o permanentes y nos merecemos una palmada en el hombro. Pero, me refiero a los pequeños detalles genéricos que todos experimentamos.

El sol cálido en la piel, la lluvia fresca en el rostro, la mirada furtiva de quien te gusta, el primer respiro al despertar, el olor a limpio, la suavidad de un beso, el cobijo de un abrazo, la risa pura de los que acaban de nacer, el sabor del postre favorito, manejar con más de tres semáforos en verde continuos, el sudor satisfactorio de una buena sesión en el gym, la aventura de viajar (a donde sea), el disfrute visual cuando los árboles florecen, las lunas llenas prístinas, el sorbo de café recién hecho, el descubrir estrellas a mitad de la noche, las ganas de bailar sin parar, los suspiros de las alegrías pasadas, y otras más. (Favor de sumar las propias.)

En un mundo tan inesperadamente dramático ponerle mejor cara a lo que viene, sin saber bien a bien que nos deparé el 2018, es tarea primaria de todos.