PATRICIA TUIRÁN

El arte esta íntimamente ligado a la realización de una sociedad, en él, se intenta mostrar lo cotidiano, las costumbres, las fiestas, las creencias, el estilo de vida, el orden o el caos; todo aquello visible que se da en alguna región determinada y que promueve el sentido de pertenencia de los individuos con su comunidad pero, también el arte va mas allá, porque refleja lo que se piensa y se siente.

El hombre ha evolucionado y con ello la manera de expresarnos, pero lo que no ha cambiado han sido sus miedos, la incertidumbre del mañana, o el deseo de otra vida más allá que la terrenal.

 

Un ejemplo es sin duda La húmeda muerte de Ofelia de John Everett Millais. La pintura nos ofrece “el instante del último aliento”, que lejos de mostrar a la muerte como algo siniestro y grotesco lo sublima; John Everrett nos expone una bella mujer, impecablemente vestida y suspendida sobre las aguas, las palmas de sus manos abiertas expone no sólo su vulnerabilidad sino más aún, la entrega total a su destino. Ofelia nos expone un mundo ajeno a nuestra época, con otras circunstancias, con una forma de pensar y sentir que son para nosotros imposibles de vislumbrar hasta que la observamos. Ella nos coloca en el centro del espacio y nos relata su vida con su imagen inerte, nos expresa su valentía, sus desilusiones, incapacidades, debilidades y tristezas. En consecuencia, el espectador llega a comprenderla y por lo tanto a participar afectivamente de su realidad al sentir empatía.

Al ser testigos de otra realidad, tomamos conciencia de nosotros mismos ya que nos hace recordar que todo aquello que no somos, no sentimos o no experimentamos también existe, y es igual de válido que nuestro universo. El arte juega con nosotros, y nos permite redescubrirnos como individuos, como sociedad y como humanidad.

 

Mark Rothko nos ofrece otra perspectiva sobre lo que el arte persigue. Sus obras, son lienzos enormes pintados por bloques de color rectangulares que parecen flotar sobre un fondo liso. Los contornos suelen ser difuminados para permitir que nuestra vista pueda desplazarse suavemente, sin rupturas ópticas, de un color a otro. Esto envuelve al espectador y le permite introducirse a un nuevo espacio, invitándolo al silencio para que indague en su interior, en sus propias emociones, en el sentido de la vida, en sus miedos, en la muerte. Su amigo Motherwell lo llamó “el lenguaje del sentimiento”. A diferencia del cuadro de Everett Millais, la obra de Rothko no tiene preámbulos, va al grano. Cada pintura puede considerarse como una pieza de un rompecabezas pero que tiene sentido individualmente, similar al hombre considerado un universo, siempre mostrando una vibración diferente, una emoción diferente que complementa lo que somos, una eterna contradicción.

Casi al final de su vida Mark Rothko realizó una serie de 14 cuadros para una capilla en Austin, Texas, todas ellas negras y grises que tratan el tema del miedo a perder el sentido de la vida o de la muerte.

La pintura ha sido desde mucho antes que la escritura, la expresión máxima para el entendimiento y sentir humano. Las cuevas de Altamira en España, las de Laxcaux en Francia o la de Sulawesi en Indonesia son sólo algunos ejemplos antiguos de la necesidad del hombre por expresar su sentir sobre la vida y la muerte a través de sus creencias, mitos y saberes. Sin embargo, el papel aún más importante que el arte tiene en la vida de los individuos, de las sociedades ha sido la de ayudarles a trascender, superando los límites y dejar una huella en el mundo.