PALOMA GONZÁLEZ

Blancas y delicadas, suaves y fuertes. Así son las manos, esas manos que visten un rojo intenso en las uñas. Manos ágiles, han atado ese gran cuerpo, han desabotonado uno a uno todos los topes que le impiden realizar su camino. Apenas rozan su piel, ese roce casi imperceptible le alerta todos sus sentidos, comienza en sus labios y sigue lentamente por su cuello, su pecho, su ombligo hasta llegar a su pelvis. Él no puede hacer nada, no puede acercársele, no puede tocarle, no puede acelerarle o frenarle. Aun cuando las ataduras no le imponen demasiado esfuerzo, deja las estolas de seda en su lugar. Gemir y mirar son sus únicos recursos. Se acerca a su destino, aleja su larga y revoltosa cabellera del rostro, al descubrirse los labios, estos se funden con el objetivo que alcanzó. Lo sufre y lo goza a la par. El sudor corre por ambos cuerpos, empieza con unas cuantas gotas y mientras más roces se producen más húmedos se sienten. La voluptuosidad de los movimientos casi lo hacen explotar, en este punto decide deshacer los nudos que lo mantienen preso, pero sus ojos lo atacan y entonces las dóciles ataduras se tornan en cadenas imposibles de romper.  Puede luchar, pero decide no oponerse, desciende la mira y ahí están sus ojos, esta vez no lo retan, es más lo están esperando. No hay necesidad de cruzar ni una palabra no se conocen y se entienden como si llevaran la vida entera unidos. Esa exuberante boca no ha parado, sigue su ritmo naturalmente sensual. Y entonces un grito la ensordece, la respiración se esfuma, todo está inerte. Se incorpora, bebe del vaso de vodka que está en la mesa de al lado, se ata el cabello y lo mira. Se levanta y le cierra los ojos, lo viste nuevamente, desata las telas de sus muñecas. Toma su bolsa y abrigo. Terminó. Es medio día, sale del apartamento cierra la puerta, baja las escaleras sin prisa, en el trayecto saluda algún vecino que llega. En la acera prende un cigarrillo, respira profundo, al caminar por la calle mira la hora que marca su reloj de esmeraldas, apenas tiene tiempo de llegar a la oficina.

Todos los miércoles Emilio comía en ese mismo restaurante, le gustaba disfrutar de una buena comida y de la vista de la Catedral. Ella estaba de casualidad, hacía compras, para la cena de aniversario de su mejor amiga, cuando el tiempo la atrapó. A esa hora le era imposible terminar  y regresar a comer a su casa a tiempo para entrar al trabajo. Ambos comían solos, cruzaron un par de miradas y al terminar su café, doble expreso cortado, él se sentó en su mesa. Todavía faltaba una hora para retomar la jornada, platicaron un poco; él galante, como se supone de un burócrata de alta esfera, ella coqueta, como se esperaba. La invito a caminar, al salir del Majestic, su chofer le esperaba, subieron al auto. En 15 minutos llegaron a su edificio, al cerrar la puerta del Cadillac negro, Emilio guiñó el ojo al chofer. Subieron de prisa los tres pisos, al entrar al suyo le preguntó su nombre, ella le contestó con un beso, esa respuesta fue suficiente para él. Cuando entró dio un vistazo alrededor y se sentó en el sillón. Emilio le ofreció más café, ella le negó y le pidió un vodka en las rocas. Tomó un trago y justo cuando él estaba a punto de sentarse a su lado, ella se levantó lo cogió de las manos y lo llevó a una recámara.

-Parece que vivieras aquí, sabes cuál de todas estas puertas abrir- le dijo sonriente.

Ella se limitó a quitarse el abrigo, colgar su bolsa y dejar el vaso en la mesa. Acto seguido abrió una cajonera, sacó un par de estolas, volvió la mirada, él estaba parado, sin moverse; ella se hincó al frente de la cama y él la imitó, se le acercó al oído y le susurró: -Hoy es un buen día-, ella se rió y le contesto: -Es el día perfecto.