ANA FUENTES

Me invitaron a correr un “maratón” en Harema, un pueblo cerca de la frontera con Siria. Lo pongo entre comillas porque era una carrera supuestamente de 5 km, no un maratón y tengo serias dudas acerca de la exactitud de esa distancia. La carrera estaba organizada por una liga de ONGs, entre ellas USAid,  Al Roman, Kalana Alyarmuke, y el gobierno local y no entendí muy bien el objeto, ya que no cobraban la inscripción, que usualmente es el punto de estas cosas de caridad. Me invitó Umm Karam, la directora de Al Roman, la fundación de caridad para mujeres refugiadas que me había pedido el taller de reciclado de bolsas de plástico. Había pensado salir de Amman el mismo día temprano para su pueblo, donde habíamos quedado de vernos para ir juntas a Harema, junto con Alaris, que iba a aprovechar para ir a ver a sus papás e íbamos a volver en la tarde, porque has de saber que tenía yo que ir al colegio. Todavía hablo árabe como apache, y lo escribo peor, por lo que es importante esto de la escolaridad. La noche anterior, ya tarde, le llamaron a Alaris,  que si podía ir al Mar Muerto y a Petra al día siguiente temprano y estar todo el día con unas gentes de Kazajastán y pues ni modo, me quedé sin aventón y sin coche. Pero yo ya había quedado desde antes y lo que es más, Umm Karam me había llamado por teléfono en la tarde para confirmar, cosa de la que estaba yo no poco orgullosa, de haber sostenido una conversación por teléfono completa en árabe, con bastante éxito y no me iba a rajar a estas alturas y quedarle mal. Pues total, que por suerte, la cita era a las 10 am y entonces, me levanté tempranísimo y empezó el fandango del transporte público. En Amman están construyendo el metro, pero todavía no se le ve para cuando. Hay muchos taxis, son seguros y en general buenos, pero siempre se tratan de pasar de listos cuando notan que el pasajero es extranjero y a mi se me nota a leguas. Siempre hay que decirles que prendan en taxímetro, tratan de decirte que no sirve. Les dices que te bajas y milagrosamente si sirve, o tratan de negociar un precio, regateas un poco, y al final ya estás. Si tienes suerte, hay otros coches, subsidiados por el gobierno que se llaman Serfís, supongo que anglicismo por “service cars” o algo así. Son igualitos a los taxis, solo que blancos (los taxis son amarillos), cobran baratísimo y pueden subir a varias personas, tipo peseros. O hay camiones, pero el sistema de autobuses urbanos es más complicado, nada más leerles el letrero, que es luminoso y cambia en segundos, todavía me cuesta trabajo. No se si sepas, pero el árabe se lee de derecha a izquierda, las vocales cortas no se escriben, se implican con una serie de acentos o símbolos que en los letreros la gente se disculpa porque dan por sentado que uno adivina que quieren decir. Cuando no eres tan experto, cuesta mucho trabajo saber que dicen y peor tantito si te quitan el letrero pronto.

Total, tenía que tomar un taxi o Serfís para ir a la estación de camiones del Norte, otra vez. No encontré Serfís, pues fue taxi, ni modo. Al ser temprano, me tocó el autobús a Irbid llenísimo. Acá que tienen tanto pendiente por mantener a hombres y mujeres separados hacen unos circos chistosísimos para que las mujeres se sienten juntas y no tengas la incomodidad de sentarte junto a un viejo ajeno. Total después de ciertos reacomodos me tocó en el asiento de hasta atrás con otras tres mujeres. Salió pronto el autobús. Todo el camino, en vez de música de banda que hubiéramos oído en México, fuimos oyendo suras del Corán, por suerte en una voz bastante agradable, porque una vez en la peluquería tenían puesta la tele en un canal religioso y la voz del hombre que recitaba, daba ganas de arrancarse las orejas.  Al llegar a Irbid, esta vez no me esperaba nadie, pero preguntando se llega a Roma. Pregunté y me mandaron tomar otro autobús para ir a la otra terminal de camiones de la ciudad. Pues ahí voy. Llegando allí, pregunté por el autobús a Kharja, me dijeron cual era y me subí. Y no arrancaba, y no iba y le preguntaba yo al hombre y me decía Shuei, Shuei, tipo, Ya merito. Y yo ya estaba preocupada porque ya eran como 9.20.  Pues total se subió otra señora llena de bolsas de mercado, que tuvo los pantalones (o la burqa) de decirle al chofi que se parara en la panadería y le comprara medio dinar de pan del flaquito recién hecho, de favor. Se subió otro señor y ahí vamos. Por el camino, gente sube, gente baja, la panadería, el hombre tocó el claxon afuera de un changarro y salió un chavo corriendo con un sándwich. El chofer, como todos aquí, fuma y habla simultáneamente por uno o dos celulares sin parar, mientras al mismo tiempo cobra y discurre con el pasaje. Lo sorprendente es que no haya más accidentes.

Total, como había yo visto hacer, toqué con una moneda el vidrio en la esquina que me quise bajar y corrí como tres cuadras a casa de Ummi, donde había quedado de pasar por otra amiga para ir a la carrera. Mi celular jordano no traía pila. Llegué y la encuentro toda emperifollada. Creyó que íbamos a casa de Umm Karam nomás de visita o así. Cuando me vió de tennis, gorra, lentes y mallas, me dijo, ¿cómo, la carrera es hoy? No, así mejor acá te espero. Y salí volada a casa de Umm Karam.  Llegué rayando a las 9.59. Debí comprender que en Jordania el tiempo es relativo siempre. Umm Karam no estaba. Llegó como 10 minutos después y todavía esperamos a otras señoras, luego nos subimos a un camioncito y pasamos a recoger a otros grupitos de mujeres y allí vamos para Harema. Iban algunas con tennis, pero muchas no, con alpargatas, zapatos e incluso zapatos con un poco de tacón corrido, traían abrigos o vestidos de esos que tapan todo además de hijab y unas mascadas típicas jordanas, que son como la servilleta que usaba Yasser Arafat en la cabeza, solo que rojas con blanco. Me dieron una para que me la pusiera  como bufanda. Me dijeron de broma que a ver si me llevaba un vaso (un trofeo? La palabra en árabe para vaso, copa, taza es la misma) a mi casa. Les dije que se haría lo que se pudiera, como no.  Llegamos al lugar de la carrera y allí estaban ya los hombres que iban a participar. Y parte de los organizadores con un camioncito con cajas de aguas, cajas con gorras con logos de la carrera y unos chalecos como de barrendero del periférico fosforescentes también con los logotipos, que nos repartieron. Llegaron los paramédicos, los policías y dos señores del gobierno local con los que los polis se tomaban fotos para el feis, y se ve que se creían los muy muy.  Ya a las 11 pusieron un listón de un lado al otro de la calle, el profesor de deportes del pueblo sacó un silbato y se acomodaron los señores. Yo me acerqué y el presidente municipal me dijo: Momentito, primero los hombres. Ya que lleven unos 500 m de ventaja, salen las mujeres. Y que me enchilo. Pero pues calladita me veo más bonita. Éramos solamente en total como 50 pelados y aún así salieron con su sangronada separatista. Pues ni modo. Ahí salen los señores. Nos acomodan, calculan según el método del chilímetro y nos dicen que salgamos las mujeres. Y yo, de ardida, dije, igual mañana no me muevo, pero que vean que las mujeres podemos igual que los señores, faltaba más. La ruta estaba de bajadita,  mejor. Los señores muy sorprendidos y algunos molestos al verme pasar como alma que lleva el diablo. A un par casi les da algo por no quererse dejar alcanzar, pero con la pena, aquí estábamos haciendo un pronunciamiento político, además de que quería yo mi “vaso” como decían las señoras. Pues nada más se me escapó uno. Llegué en segundo lugar general y en primero de las mujeres por mucho. Y los políticos se tuvieron que morder una oreja y felicitarme.

Ellos tenían planeado dar primero, segundo y tercer lugar generales (estaban seguros que iban a ser hombres), primer lugar de mujeres y primer lugar de adultos mayores. Yo les vine a romper el esquema, porque según lo convenido, entonces me tocaban dos trofeos, el segundo general y el primero de mujeres. Discurrieron, discutieron, pactaron. Haz de cuenta que un problemón. A mi nada más me daba risa. Total dieron tres de hombres, uno de mujeres y uno a un viejito.  Y claro. ¿Su nombre? Ana. No. No habla árabe, ¿verdad? What is your name? Ana. Ana ismi Ana. Yo me llamo Ana.  Carambas! Voy a terminar por cambiarme el nombre, o como le hacen aquí ponerme Umm Mijo.  Acá se acostumbra que a las señoras se les diga Umm (Mamá) y el nombre de su hijo más grande. Si tiene puras niñas, de su hija mayor, si luego tienen un hijo, del hijo hombre más grande. Y a los señores Abu Mijito. Dizque para evitar confusiones, pero sale lo mismo. Luego hay la misma fiesta cuatro Abu Mohammed y Umm Mohammed. Confuso, confuso. Umm Karam se llama Imán, su hijo mayor, Karam.

Recibí mi premio, muchas fotos. Otro momento medio tenso porque a los señores les daban su trofeo, les daban la mano y foto con el Preciso Municipal, pero en el Islam uno no anda tocando a una mujer que no sea la suya, entonces no te pueden dar la mano, se tocan el corazón en vez de eso y así salieron en la foto como si les estuviera dando angina mientras me daban en trofeo.

En lo que venían por nosotras, no sé que fue del autobús, ahora vinieron en dos pick ups, nos invitó a pasar una mujer a cargo del centro de salud donde terminó la carrera. Traía burqa. Nomás entramos, se la echó para atrás, tipo coche convertible y enseñó una cara de viejilla traviesa. Nos ofreció café varias veces. Se ve que se aburre la pobre y quería visitas. Llegaron por nosotros y regresamos a Kharja. En casa de Ummi me recibieron como si hubiera ganado un Nobel. Ella, que es lo máximo, me había hecho pizzas para que comiera después de la carrera y también tenía aceitunas frescas que cortó de su huerto recién curadas en salmuera y aceite “nuevo” o sea, exprimido apenas de la cosecha reciente. De un color muy verde y de sabor fuerte, pero rico. Te digo que en esa casa te alimentan por vicio.  Me preguntó si no me iba a bañar. Le causa gracia que me bañe diario y me lave el pelo diario, pero como había venido en camión y luego me iba a regresar a la escuela y había traído de Amman unos encargos para sus hijas y me quería llevar yogurt que hacen ahí buenísimo, no había traído muda de ropa, de por sí venía como el cuetero. O sea que me quedé mugrosa, solo me puse una sudadera y listo.

Estuvimos platicando y tomando el sol un rato y luego le dije que ya me iba porque la travesía tardaba y tenía yo clase. Salió a acompañarme a la esquina, en ropa de casa con el hijab de oración nada más, que es como un pasamontañas largo que se usa solo adentro, y me dijo donde comprar el yogurt (yo ya sabía), me dio una cubeta chica para que me lo pusieran, se me había olvidado traer un recipiente ad hoc. El yogurt de Kharja es tan artesanal que lo hacen en cubetas grandes, y vas y pides el peso que quieras, te lo sirven en tu recipiente con un cucharón sobre la báscula. Le ponen una bolsa y una liga si no es frasco con tapa y ya estás. Es el mejor yogurt que he probado y mira que en general la leche, el yogurt y el jocoque aquí en Jordania son riquísimos aunque sean comercialitos. Pero estos, de granja, que eran pasto hace media hora, no tienen abuela.

A media cuadra está la plaza del pueblo, donde está la parada de autobús. Mientras venía, me metí a una tienda a ver si había granadas frescas, que también las hay buenísimas allí. Al salir, oí el ruido típico del huarache veloz y veo venir a Ummi, que se había puesto el vestido de salir, el hijab y la chancla y había decidido que era una imprudencia dejarme ir sola, viendo lo mensa que estoy y lo mal que hablo el idioma, yo creo. Es una tipaza. Venía justo llegando el autobús, me plantó un beso, me subió  de un empujón y se fue a la ventana del chofer y le dijo que me dejara en la estación para tomar el otro camión a Amman, que le dijera al chofer a donde me tenía que subir al siguiente, que por favor me asistiera, que yo no era de aquí, que le encargaba mucho a su niña y tal. El hombre volteó para atrás, yo creo que esperando ver a una niña chica y cuando me vio casi suelta la carcajada, porque era el mismo cuate de la mañana, que ya había visto que a mi la mula no se me atasca y que ya estoy grandecita. Le hice cara de “porfa, seamos serios” y el le dijo a mi suegra con cara de circunstancia, quédese tranquila señora. Y listo.

Después de los correspondientes cambios de camiones llegué a Amman, con el yogurt, el trofeo, la mochila del colegio y oliendo a camello. Agarré un taxi y el que se paró traía una chava dentro. Pensé que ella se iba a bajar, pero me preguntó que a donde iba. Le dije y me dijo, ella va a Jabal Amman, la dejamos primero y luego a usted, si le parece. Ella parecía estar de acuerdo y me subí. Ya luego me empezó a dar vueltas la loca que me camina en la azotea, que tiene cuerda de haber vivido años en el DeFectuoso. Y si estos dos están de acuerdo y me van a hacer algo. ¿Para que me subí? En lo que planeaba el gran escape, me empezaron a platicar y se me pasó el resquemor. Como se me nota lo maleada. Aquí la gente en general es amabilísima y Jordania es muy segura. Una vez fui con Alaris a una tienda a comprar una maceta. Estaba cerrada. Entre las hojas de vidrio de las puertas, alguien había metido unos billetes hechos rollito, para el dueño, no se cuanto era, pero se veía que eran varios y no estaban del todo dentro de la tienda, sería muy fácil que cualquiera se los llevara . Pero esa es la cosa. Nadie se lleva lo que no es suyo. Así debiera de ser en todos lados.

Total, dejamos a la chavita en su universidad y a mi me dejó en mi colegio el taxista, que hizo un negociazo porque a las dos nos cobró y sin taxímetro, lo que quiso y le quisimos pagar previo regateo y discusión.

Claro que le hablé a Ummi de volada para decirle que se estuviera tranquila, que ya estaba yo en el colegio, sin novedades que reportar y para agradecerle tanto la pizza, la visita, las indicaciones al chofer, pero sobre todo, lo que hay detrás de todo eso, el cariño fiero y desbordado,  que no hay como agradecer.

Salam!