ANA FUENTES

El otro día salí de paseo con unas Filipinas y me hicieron pensar muchas cosas. Pueden ser las camisas de chef, como no, pero ahora me refiero a las personas que provienen de las islas del mismo nombre. Las Filipinas es un país formado por muchas islas en el Pacífico Asiático, que se llamaron así en honor al soberano español Felipe, ya que fueron colonia española. Ahora son un país independiente, con una población calculada en 106 millones de personas. ¿Cómo que calculada? Ahí está la cosa,  una grandísima proporción de la población filipina no vive en su país. Son la mayor fuerza laboral de exportación en Asia. Son gente muy, muy trabajadora, que a todos los niveles trabaja fuera de su país y manda dinero de regreso a su casa para darles una mejor vida a sus familias.

El país es precioso, cuenta con recursos naturales envidiables, playas muy bonitas, pero como muchos países tropicales, le falta infraestructura, le falta organización y le han sobrado políticos ladrones, por lo que a su gente le ha ido mejor históricamente trabajar como mojados. Al contrario de lo que ocurre en México, en Filipinas, la mayoría de la gente que se va a trabajar fuera son las mujeres. Trabajan como personal doméstico, como enfermeras, como técnicas sanitarias, como personal de limpieza, como auxiliares de oficinas, etc. en países en donde se les puede pagar un mejor sueldo que en el suyo, por ejemplo los países árabes o Singapur. Muchos trabajan también como tripulación en cruceros o en barcos mercantes y así se ganan la vida. Cada vez más, profesionistas de clase media y media alta, también trabajan fuera de su país. Los hijos de las empleadas que con tanto esfuerzo les pagaron una carrera universitaria, encuentran que esa carrera, en su país, no les dará las mismas oportunidades que si la aplican en otro país y por tanto, cuando terminan, se lanzan otra vez al extranjero, a aprender otro idioma y buscar un trabajo, ahora de otro tipo, pero otra vez lejos de su país.  Por eso el título del escrito. En vez de tener en su mente un futuro seguro, como lo tenemos nosotros, más o menos parecido al que vivimos toda la vida, ellas tienen como seguro, que su futuro es incierto. Igual que el de su madre, en el sentido de que será una sorpresa, en un país nuevo, y quién sabe qué les depare, lo único seguro es que será de mucho trabajo.

En Jordania, donde vivo, hay una comunidad muy grande de Filipinos, sobre todo Filipinas, en distintos estados de legalidad en cuanto a estatus migratorio, que viven y trabajan aquí y son un ejemplo de ética de trabajo y de determinación.

A la gente proveniente de Filipinas es de las pocas personas a las que Jordania pide una visa previa solicitada en la embajada en su país de origen y a las que muchas veces se les niega. Esto es porque muchas veces vienen como “turistas” y se quedan a trabajar. Lo mismo sucede con egipcios, pakistaníes, gente de Uganda, sudaneses y bangladeshíes, de los que también hay grandes números de inmigrantes ilegales.  Los filipinos en general vienen con permisos de trabajo anuales, que pueden o no renovarse, como parte de un grupo traído bajo la responsabilidad de una compañía contratante, que sirve como agencia de colocación y se responsabiliza de que los migrantes se vayan o legalicen su situación pasado el periodo permitido, oficialmente. Lo que sucede en verdad es que terminan quedándose  y prorrogando sus permisos, legal o ilegalmente y viven aquí durante años. Con las mujeres que trabajan como personal doméstico no hay problema, pues llenan un nicho que aquí no tiene competencia. Las mujeres jordanas no trabajan en casa ajena y este tipo de personal tiene muchísima demanda y ganan muy bien. Las profesionistas si tienen competencia y el gobierno no quiere que vengan a tomar los trabajos que podrían ser para gente local, para refugiados y para la gente que ya vive aquí. Lo mismo pasa con los hombres. Es más fácil pues que le den visa a una mujer filipina que a un hombre filipino.

Las dos muchachas que he tenido en Amman, de origen filipino llevan aquí, una doce años y la otra diecinueve. La última ha vuelto una vez a su país a ver a sus hijos y quiere volver este año otra vez. Dice que ya casi puede volver para quedarse porque la hija más chica ya va a terminar la carrera. El problema va a ser ahora que vuelva si se va a “hallar”. Ya no conoce a sus hijos, a su familia y ya la vida en filipinas no es más que un recuerdo. Está hecha a vivir aquí, habla árabe perfecto, bastante buen inglés y tiene su vida organizada, eso si, en la comunidad filipina, pero no es lo mismo.

En la escuela conocí a una chavita filipina también, que vino con visa de turista, pero con toda la intención de quedarse un tiempo a aprender el idioma y luego a obtener un trabajo, ya sea aquí o en algún otro país árabe. Ella es psicóloga corporativa, y dice que el sueldo que puede ganar en un país árabe es muy superior a lo que podría ganar en su país. Por lo mismo, se inscribió a la escuela de idiomas en donde fuimos compañeras de clase, que a cambio de un cierto número de horas tramita visas de estudiante, está aprendiendo árabe y sospecho que hace chambas de limpieza en sus ratos de ocio. Su familia está regada por todo el mundo, su papá trabaja en Arabia Saudita, de ahí la idea de los buenos sueldos en los países árabes, una hermana vive en Australia y otra en Estados Unidos y la mamá se la pasa visitando a unos y otros.  La llevé a turistear a Wadi Mujib y trajo a otra amiga paisana de ella, enfermera en un hospital. Vino a Jordania después de haber trabajado unos años en Arabia Saudita.  Llevaron ese día a la turisteada varias cosas de comer, todas filipinas, desde unas botanas empacadas, como una mezcla de semillas y maíz con como frituras condimentadas en un paquetito, hasta un pollo y arroz de confección casera pero de receta filipina. Les pregunté si les era fácil encontrar sus cosas y se carcajearon. Resulta que la gran comunidad filipina vive en su mayoría en Jabal Amman, una colonia antigua que está cerca del centro. Ahí los viernes y los domingos se pone un tianguis de productos filipinos que ya quisiera cualquier calle de Manila, encuentras de todo y tanto vendedores como clientes son todos filipinos, se oye hablar los diferentes dialectos y lo pasan bien.

Me dieron una envidia bárbara. Para mí es rarísimo oír hablar español como no sea con mis turistas. Dice Alarís que les voy a sacar ampollas en las orejas de lo que hablo cuando traigo gente de México, pero es que es una oportunidad. Si de casualidad por ahí oigo hablar español, que creo que me ha pasado un par de veces en el tiempo que llevo aquí, rápidamente saludo y me presento, como loca, porque se me hace rarísimo. En el súper conocí a una venezolana y a una mexicana y tengo una amiga en el gimnasio que es palestina, pero que habla bastante buen español porque ha tomado clases.  De conseguir cosas mexicanas, es rarísimo. En los supermercados grandes hay un pasillo de dizque comida mexicana, pero ya te imaginarás: pura cosa tex-mex o la idea que los pobrecitos árabes puedan tener del tex-mex, unas tortillas hechas con el maíz dulce de aquí y harina  que son una abominación, salsas rojas dulces, quesos de esos como para nachos que no son quesos y no se quién decidió que eran comida mexicana y pura cosa horrible. En un súper extra caro y extra popof el otro día si encontré frijoles de lata, salsas y chiles mexicanos, a precio de oro, pero hubo y me dio mucho gusto. Los frijoles y los chiles los puedo hacer caseros sin problema, pero no hay tomate verde y traté de sembrarlo con unas semillas que me traje ilegalmente, pero el bonito clima jordano no fue amable con mis tomatitos, o sea que compré mi salsa verde muy feliz. Cuando voy a México me traigo latas, pero ahora me compré un frascote que tengo en el refri y le pongo a mis quesadillas, porque MASECA si llego a conseguir y en mi casa siempre hay tortillas. He creado un monstruo con Alarís, que ya no come pescado si no es en tacos y de que le entra el antojo, me da lata de ¿Pero si hay tortillas en la casa, verdad Habibti? ¿O si no como ves que yo cocino, pero tu haces unas tortillas?, porque este…. Se me antojaba cenar tacos….. Ahora es el fan número uno de las tortillas.

Volviendo a los filipinos, es admirable su ética de trabajo, su resilencia y adaptabilidad para ir y hacer suyos los idiomas y los usos de los países donde haya oportunidades y para a fuerza de trabajo duro, hacer de su gente una potencia económica.  Por cierto, su comida no está nada mala, nunca la había comido, habrá que darse una vuelta por el mercado, con lente obscuro, para que no se me note el ojo redondo y pase por paisana.

Salam!