ANA FUENTES

El futbol es una actividad que apasiona, interesa y entretiene a una proporción altísima de la población mundial.  En cualquier continente puedes ver niños o jóvenes echando “la cáscara” en cualquier tipo de superficie, sea calle, parque o espacio cerrado si no hay una cancha como tal y tampoco un balón es indispensable, cualquier objeto remotamente similar sirve.  Como espectáculo, el futbol tiene millones de seguidores a todos los niveles, desde las ligas llaneras e infantiles donde las sacrificadas novias y mamás de los jugadores no se pierden un partido y viven pendientes de la matraca, hasta la Champions League y las Copas del Mundo que generan millones en derechos de televisión y derechos publicitarios por la cantidad de espectadores que las siguen. Los fanáticos de corazón se ponen malos viendo a su equipo, tienen pleitos importantes con familia, amigos y compañeros de trabajo por diferencias en favoritismos.

Resulta que a mi en lo personal, el futbol me daba absolutamente lo mismo y si me apuras, me daba más bien flojera. Me gustaba de puberta ir al estadio por ver a la gente, el colorido, la naquez gozosa de la afición futbolera, pero el resultado de los partidos, a menos que jugara México, me tenía sin ningún pendiente. Normalmente le iba al equipo contrario al que le fuera la demás gente, nomás por dar lata, por ponerle interés al asunto. Pues como dice el dicho: lo que no pudieres ver, en casa lo has de tener. Así, en mi familia hay futbol por todos lados y al final, también acabé siendo muy futbolera. La vida me hizo, por cansancio.

Alfredo nació a principios del siglo XX. No se hizo futbolista, nació siéndolo. Siempre andaba jugando con una bola de ropa, con cualquier cosa redonda que pudiera encontrar. Tenía muchos hermanos, o sea que no le faltaba con quién jugar. De muy niño, se cayó de una barda, fracturándose un tobillo, que le soldó mal. El doctor que lo vio propuso como solución amputárselo. ¿Qué listo no?  Ya el día que lo iban a llevar a cortarle el pié, se comió a escondidas unos frijoles y eso le salvó la pata porque cuando lo anestesiaron le dio una vomitona tremenda y no pudieron proceder. Su papá dijo que siempre no, que lo iban a pensar y gracias a eso, salvó el pié, aunque el doctor dijo que no iba a caminar nunca. El nunca se dejó amilanar, hizo ejercicios y poco a poco fue pudiendo caminar, luego correr y brincar. De joven, los invitaron a el y a un hermano a jugar en un equipo profesional de futbol. Los equipos de los años veintes no tenían nada que ver con los de ahora. Los jugadores entrenaban en el parque en la mañana temprano, en ropa de vestir y luego se iban a sus trabajos “de verdad”, porque el ser futbolista no daba para comer. Terminando el entrenamiento se comían unos plátanos y un litro de leche y listo. Consiguieron que un tendero paisano de ellos que les patrocinara unos zapatos de futbol, pero esos los usaban para los partidos, eran muy preciados. Alfredo era el portero y un comentarista dijo que si tuviera un palmo más de altura, hubiera sido el mejor portero del mundo. Su carrera futbolística acabó cuando parando una tanda de penales cayó encima del balón y se dio un mal golpe a causa del cual perdió un riñón. Toda la vida siguió siendo muy apasionado del futbol. Cuando jugaba su equipo favorito a veces tenía que apagar la tele, pues decía que le iba a dar algo. Don Alfredo era mi abuelo.

Uno de sus nietos también es futbolista profesional. Se ha pasado la vida en entrenamientos y concentraciones. Es un buenazo, ha jugado para la sub20 de México y para los Pumas y el Zacatepec. Los demás nietos eran guerreros de fin de semana o jugadores del colegio, incentivados por las naranjas del medio tiempo y el pasarlo bien con los amigos.

Mi hermana era la más futbolera de mi casa. Le gustaba ver los partidos de repente y era la que más o menos sabía de futbol. Por vueltas de la vida, acabó trabajando para un equipo profesional de futbol, en capacidad de mamá postiza de los niños de fuerzas básicas entre otras cosas, porque siempre que oigo todo lo que hace me parece que hace la chamba como de veinte personas.

Mi novio, luego marido, hoy exposo, es futbolerísimo. Es de esas gentes que planean la vida alrededor de los calendarios deportivos, que si vienen caminando contigo y de pronto ya no están, solo tienes que regresarte y ver donde hay una tele en un aparador con un partido de lo que sea y ahí está el míster embobado.  En cuánto supo que estábamos embarazados, se fue volado a comprar una miniatura del balón del mundial de ese año y ya soñaba con el futbolista que iba a ser su hijo. Cuando fuimos al ultrasonido y le dijeron que era niña, le pedía al doctor que revisara bien, que si estaba seguro, que como así….. Saliendo me dijo: “Lo bueno es que el balón el chiquíto, porque me lo voy a tener que meter por…” Jesús del huerto! No digas barbaridades!

Pues hete allí que la niña salió futbolera de hueso colorado. Su primera palabra fue “tota”- pelota y desde que tuvo manera de hacerse entender pedía salir a cualquier jardín y jugar con cualquier pelota. A los cuatro años me pidió ser parte del equipo de futbol del colegio. Yo la quise convencer de clases de baile, tenía una tía bailarina. Me dijo que si me parecía bonito, yo fuera al ballet, ella quería ir al fut, muchas gracias.  Su hermano era más tranquilo, más de jugar con animales de juguete, ver documentales, dibujar, pero ella lo trajo mártir hasta que le pescó el gusto al futbol. A ver, yo me pongo y tu tiras, ahora tu paras y yo tiro, ándale vamos. Así pues comenzó mi carrera como madre portadora de matraca. Yo que había pasado años resistiéndome a conocer que diablos es un fuera de lugar, no me quedó más remedio que aprenderme todos los entresijos del jueguecito porque cuando es tu retoño el que se está rifando el físico en la cancha, claro que te interesa. Mis dos hijos fueron de futbol toda la vida. Ella, tanto que jugaba en varios equipos a la vez, se inscribía a todos los torneos y cuando íbamos a alguna parte siempre llevaba unos tacos aparte y unos shorts bajo el vestido. Al día de hoy, va a cualquier lado con un balón desinflado y una bomba para inflarlo en una mochila.

 

Una vez estábamos en la playa y estaban jugando “dominadas” mis hijos y un sobrino en la arena. Pasaron cuatro “malotes” pubertos que también traían un balón y mis hijos les dijeron que porqué no echaban una cáscara. Los oí decir, “Aaaay, güeeeeyy, que oso, con una niña y un bebé? Ok, si quieren les pasamos uno”. Mis hijos les dijeron que no, que así estaba bien y un primo y yo nomás jalamos sillas, calladitos, para ver. Les pusieron una arrastrada de cállate la boca. El bebé paró como los grandes y mis hijos hicieron lo que quisieron con los malosos. Sus mamás estaban en el club de playa al lado, de plano bajaron y les dijeron que dejaran de hacer el tonto y se fueran a su casa.

Ella fue a todas las escuelas de futbol, a todos los torneos. Acabó jugando con un equipo de hombres cuando ya no había niñas de su edad que tomaran el juego en serio. Desde los 14 años juega para la selección Mexicana por mérito propio, se rifó en visorías contra más de 600 niñas para ir a las olimpiadas juveniles de China y se gana su lugar para cada convocatoria, porque lo único seguro en esas cosas, es que siempre puede llegar alguien más a ocupar tu lugar y apedrearte el rancho. Dejó la prepa para jugar futbol, estudio fuera un año, terminó en sistema abierto, todo para poder cumplir con el deporte.

Es indescriptible lo que se siente el ver a tu hija portar el uniforme de México y cantando el Himno Nacional. El gol que metió en un mundial, lo tuve que ver en la repetición porque por tomar la foto me lo perdí y la repetición instantánea me la volví a perder por estar llorando de emoción y pegando de brincos.  Hoy juega para una universidad en Estados Unidos y para la sub20 de México. Su sueño es ser profesional en Europa y no dudo que lo logre, porque no quita el ojo de la meta ni el dedo del renglón. Es una persona con muchísima disciplina y determinación y el futbol es lo que la hace sentir plena y feliz.

No se si salió a su papá, a mi abuelo o es algo muy suyo, pero el futbol le ha dado tanto y le ha permitido enseñarme tantas cosas que definitivamente me volvió fanática.

Mi hijo también fue muy futbolero. Soñaba también con ser profesional, pero se veía a leguas la diferencia en actitud. Para el era un juego, normal. Si un día no entrenaba, no era gravísimo. Si se iba de vacaciones, se iba de vacaciones. Ella entrenaba diario, diario pensaba primero en futbol. Prefería entrenar que ir a cualquier fiesta o cualquier otra cosa. Si iba de viaje, se levantaba a las 5 a.m. a entrenar antes de lo que hubiera que hacer. Dejó de esquiar por cuidar sus piernas… El fue a probar a un equipo profesional y no tuvo que esperar a que le dijeran nada, a los dos días el solo dijo, yo no soy de aquí. Esta gente es como mi hermana, no piensa en otra cosa y yo sí. De todos modos el futbol le dio amigos, una adolecencia sana, fines de semana de deporte en vez de vicios, aprendió a socializar con gente de todos los niveles sociales y para acabarla lo pasó bomba y lo sigue haciendo. Ya en plan de hobbie, pero igualmente lo disfruta mucho.

Todo valió la pena. Los los fines de semana que me levanté a horas indecibles para ir a canchas en lugares remotísimos y dificilísimos de encontrar porque los méndigos D.T.s de los equipos contrarios gozan dando direcciones malas para ver si pierdes por default y los sistemas satelitales no sirven de mucho, y han mejorado. Sabes cuántas calles 16 de Septiembre hay en el Estado de México? Millones. Las terapias para los ligamentos rotulianos inflamados, las pomadas apestosas, las veces que pensé que las mamás de los Ultras de Coacalco nos iban a comer vivos por un comentario horroroso de nuestro equipo y soñé con el bombo de los Pumas Gonzo. Me llegué a ir en vivo a un torneo de futbol de todo el día después de un reventón, pero es lo que tocaba. Ellos no tenían edad de hacerlo solos, necesitaban ayuda para hacerse responsables y para cumplir sus sueños. Todo valió la pena por verlos contentos, por saberlos felices y verlos sanos. Sé que es una flojera. Que es mucho más fácil irte a Valle los fines de semana o quedarte a dormir hasta tarde, que hay cosas que se te antojan mucho más que ir a la gimnasia, a la natación, a los caballos, al baile o al futbol, pero si es lo que les apasiona a tus hijos, no hay nada en lo que puedas invertir mejor tu tiempo o tu dinero. No para ti, para ellos, para que puedan hacer algo que les gusta, que les llena y que es un pasatiempo sano. Luego los papás se quejan de que los hijos solo juegan en el celular o ven Netflix todo el día y no tienen compromiso ni disciplina, pero también eso al principio es trabajo de los papás un poco. No basta con dejarlos al entrenamiento del colegio y que te los traiga el camión. Hay que llevarlos el sábado o el domingo a donde Jesús perdió el gorro a jugar o a competir y para ellos es importante, por tanto para los papás también.

Si Don Alfredo los viera, sé que también estaría feliz y sería el primero en hacer sonar la matraca.