PALOMA GONZÁLEZ

Siempre me he considerado, como decía mi abuela, flor de asfalto. Sí, nací en la ciudad más grande del mundo (así era antes) y eso me ha parecido un absoluto privilegio. A mí me gusta la CDMX (siglas simplonas), me gusta la urbanización, me fascina que sea tan diversa y tan grande.

Cuando me preguntan, ¿te gustaría vivir en otro lado? Contesto que no, y si fuera obligatorio mudarme, elegiría otra mega ciudad. Ni modo, así soy. Y como así soy, mis vacaciones generalmente tienen dos vertientes: playa o ciudad.

Así que para mí, ir a un resort cinco estrellas es el contacto más intenso que tengo con la naturaleza. Ir al campo me hace sentir incómoda, pero ir a la selva jamás, o sea, ni por error lo tendría en consideración.

Justo hace unas semanas viví una experiencia selvática, que me gusto, me sorprendió y probablemente cambió un poco mi perspectiva acerca de la naturaleza libre y salvaje.

Visité Playa del Carmen. Mi primera sorpresa fue el hotel de mi estancia. Quería un buen hotel, con buena ubicación y que no me gastará una fortuna, ya que estaría fuera todo el día.

Me hospedé en el City Express Suites es el upgrade de la cadena, todas sus habitaciones son suites con cocina equipada, camas muy cómodas, baño con todas las amenities y un sofá. El desayuno está incluido, sencillo, pero suficiente. Me confortó encontrar mis favoritos: jugos, fruta, chilaquiles, y acompañamientos. Un detalle que me gustó fue que a media tarde en el lobby hay una isla con snacks y bebidas.

El primer día fui a Chaak-Tun, ubicado a 15 minutos del centro. Tomé una visita guiada a sus dos cenotes, que se forman en un sistema de cuevas subterráneas vivas. Me dieron todo un kit (snorkel, visor, traje de neopreno, tennis para agua, chaleco y linterna).

Ya lista me sumergí en unas aguas cristalinas de 18ºC, la primera impresión: está helada, pero juro que dos minutos después me ambienté. Ahí descubrí una colonia de murciélagos, nadé entre estalactitas, estalagmitas y peces bagre por casi dos horas. El guía no sólo te cuida, también te enseña de biología y de la cultura maya.

Un momento que me encantó fue cuando en lo más profundo de una cueva, el guía nos pidió a todo el grupo que apagáramos nuestras linternas y permaneciéramos quietos y callados. Fueron unos minutos mágicos, ahí estaba yo inmersa en aguas minerales, en oscuridad absoluta, en silencio sepulcral y en lo profundo de un cenote milenario. La sensación fue maravillosa, sentí que una tranquilidad y un cobijo me rodeaban, dejé de forzar mis sentidos y me dejé llevar por esa mística experiencia que la vida me ofrecía.

Unos minutos después el guía prendió su luz y en voz suave nos explico que esto que habíamos vivido, era lo que sentíamos al estar en el vientre materno y que a la salida de este cenote viviríamos nuestro segundo nacimiento.

Al salir vi los colores más intensos, sentí el aire más liviano, estaba revitalizada por completo.

Para coronar mi día cené en el restaurante Amate 38, el cual tiene una terraza muy mona, ahí probé empanadas de chaya con queso de bola y camarones al recado rojo. El platillo que amé fue el pay de queso de bola, un descubrimiento totalmente delicioso.  A pesar de tener un estómago delicado su sazón me cayó súper bien, lo recomiendo.

Esto no fue todo. Espera la segunda parte de mi travesía.