JOAQUINA ALDRETE NORIEGA

Aprendí a aceptar que no me va a ser posible complacer al mundo, que lo primordial es complacerme a mí.

Aprendí  que soy mucho más  de lo que algunas  personas  me han hecho  creer, porque aunque todos vivimos bajo un mismo cielo, tenemos distintos horizontes.

Aprendí a brillar sin apagar la luz de otros, más bien a coincidir con personas que me enseñaron  a mirar la vida con otros ojos.

Aprendí  a ser dueña de mi voz, y  desde  ese momento se transformaron mis  palabras en música.

Aprendí  a ver lo bueno en quienes  me rodean, estamos tan acostumbrados a resaltar lo malo, que a veces  olvidamos que siempre hay luz en la oscuridad.

Aprendí  a tomar un segundo para ver el cielo, respirar  profundo  y despejar mi mente,  porque cuando llevas el sol por dentro, no importa  si afuera llueve.

Aprendí  a agradecer la presencia de las personas que han pasado por mi vida, las que se fueron  y las que se quedaron, porque toda la gente que pasa por  tu vida nos deja una marca o enseñanza.

Aprendí que a veces nuestro  peor enemigo  se encuentra  más cerca de lo que pensamos, y hasta  forma parte de nosotros, es ese pensamiento  negativo que pasa  tu mente de cuando en cuando.

Aprendí  a agarrar fuerzas de donde fuera para pararme de la cama y enfrentar  al mundo.

Aprendí lo difícil  que es sonreír aun cuando  me sentía rota por dentro, porque  a veces el dibujar  una  sonrisa  es la forma para mejorar el día.

Aprendí  que la vida se compone  de momentos, por lo tanto si la felicidad no es eterna, la tristeza tampoco.

Aprendí que gracias  mis caídas fracasos y golpes de frente,  me enseñaron a  ver el mundo  con otra perspectiva, a dejar de lado todas  las cosas que veía imperfectas  en mí y a enfocarme en las buenas.

Aprendí  a recoger las piezas  de mi alma rota y a pegarlas, transformarlas en la persona que soy hoy, a no avergonzarme de mis cicatrices, porque son recuerdos de las luchas que libre, y como bien dicen, un tigre jamás se avergüenza de sus rayas.

Aprendí  que un trastorno no te define, por el contrario,  te ayuda a volverte  más fuerte, te entrena  para poder lidiar tus batallas, y te prepara para ganar guerras.

Que la mejor terapia es hacer  lo que  amas, pues alimenta tu espíritu y engrandecen tu alma.

Aprendí que el miedo te frena, te pisotea y te destroza, pero que ese miedo solo vive en tu cabeza, tú tienes poder sobre él y solo tú puedes  vencerlo. Que cuesta salir  de tu zona de confort  y que perdemos  muchas  cosas por miedo a perder.

Aprendí a aceptar esa disculpa que tanto esperé  y nunca llegó, a perdonar, a dejar ir  lo que duele, a soltar y agarrarme fuerte de mi misma, porque a veces el secreto  está en enfocar  la energía  en la construcción de lo nuevo en vez de en la lucha contra lo viejo.

Aprendí  que lo esencial para  que el universo haga  lo suyo es esperar con los brazos abiertos, porque todo llega en el momento indicado.

Aprendí  a darle al universo lo que quiero que me regrese,  a dejar  que el corazón  deje que indique el camino.

Aprendí  que  no nos llevamos las cosas materiales, solo llevamos lo vivido y así  fue cuando empecé  a vivir  lo que me quiero llevar.

Aprendí  que no importa cuanto haya aprendido a lo largo del camino la vida siempre se encargará de ponerme algo nuevo  que aprender.