MARÍA SUAREZ RUIZ

Para mi no hay nada mejor a que alguien me cuente una historia. No me importa si es un cuento de princesas, una anécdota científica completamente irreal como Jurassic Park, la biografía de Alan Turing o mi abuela contándome del baile cuando conoció a mi abuelo. Desde niña las historias y los cuentos, ya sea en forma de libros o películas, tenían el poder de transportarme a momentos y lugares inesperados.

Pero recuerdo también pasar en la librería por el área de comics y sentirme completamente restringida. Lo único que sabía de las historietas y novelas gráficas es que eran historias que llevaban años, hasta décadas siendo publicadas en serie. Sabía que las personas que seguían estas historias tenían datos y detalles tan específicos que se me hacía imposible pensar que algún día empezaría a leer alguna de estas historias.

Luego comenzaron a salir las películas basadas en estas historias. Tenían un poco de todo lo que amo en las historias: viajes, romance, aventura, ciencia ficticia y héroes inesperados. En el otoño del 2011 salió Capitán America. La fui a ver y aunque me encantó la historia, me quedé con ganas de saber más del personaje de Bucky, el mejor amigo de Steve Rogers.

Fue durante esos meses en los que mi mamá, la persona que siempre me esperaba en el café de la librería con su té negro con leche y azúcar mientras escogía mis veinte libros, comenzó a sentir que algo no estaba bien. Después de muchas pruebas y consultas médicas, le diagnosticaron Waldenstrom’s, un linfoma de no hodgkin en la sangre. Este tipo de cáncer es muy raro, en Estados Unidos dónde hay más investigación sobre la enfermedad se estima que hay 6 casos por cada millón de habitantes.

Mi mamá comenzó un tratamiento de quimioterapia que duraría tres años. Todos en nuestra familia nos coordinamos para los viajes al hospital, las idas al fisioterapeuta, y todo los demás detalles que las películas de Hallmark no mencionan. Pero en el 2014, seis meses antes del fin del tratamiento, otros síntomas comenzaron a aparecer. Después de algunas visitas a la sala de emergencia, punciones lumbares, tomografías y pruebas de sangre, nos confirmaron que las células cancerígenas se habían filtrado al líquido espinal y al cerebro. De una cáncer raro a uno aún más extraño (mi mamá fue el caso número 32 hasta ese momento). Empezó otro tratamiento aún más complicado, invasivo y doloroso.

El fin de semana que salió la segunda película de Capitán America, con el Soldado de Invierno, era el penúltimo tratamiento. Sin embargo, ese sábado mi tía me habló para decirme que se había pospuesto el tratamiento por una infección. Eventualmente ella termino el tratamiento y fue dada de alta con la idea de que ya estaba en remisión; no pasó una semana cuando de nuevo empezaron los dolores, la confusión y las idas a la sala de emergencia.

El día de las Madres la pasamos juntas en el hospital, con sus otros hijos y sus nietos lejos. Le prometí que un mes después en su cumpleaños iríamos a comer a un lugar bonito con jardín y pasteles. Un mes después seguíamos en el hospital, así que hice sus cupcakes favoritos para que ella pudiera regalar a los que podían entrar a verla.

Fue una de esas noches en las que no podía dormir en el sillón del hospital que me puse a buscar algo para leer en mi ipad. Ya no quería terminar mis novelas de ficción donde todo termina en un final (no necesariamente feliz, pero de cualquier manera en un final). Recordé que mi prima había dicho que su novio leía sus cómics en su tablet. Pensé que si me había gustado la película, obviamente me iba a gustar el libro del cual estaba basada. Después de buscar y buscar encontré la novela gráfica escrita por Ed Brubaker. Me acabé todo en menos de dos horas y lo volví a leer todo de nuevo.

El día siguiente baje la secuela. Pero antes de poder leer, los doctores nos sacaron del cuarto para decirnos que ya no había vuelta atrás. Mi mamá podría vivir lo que le quedaba de tiempo en el hospital o en casa. Lloré toda la tarde y toda la noche en el departamento vacío. Volví a leer la novela del Soldado de Invierno cuando estaba más tranquila.

Ese mes fue complicado. Entraban y salían enfermeras. Mi madre vivía intranquila. Y todos estábamos en espera de lo que no queríamos. El día de mi cumpleaños, recuerdo que todos querían hacerme sentir como que todo estaba bien y normal y feliz. Pero terminé escondiendome en el cuarto llorando sola. Escuché la silla de ruedas de mi mamá acercarse a la puerta. Nos abrazamos y lloramos por muchísimo tiempo. Poco después, mi mamá dejó de hablar, solo diciendo una palabra al día.

El viernes 1 de agosto fui al cine con mis tías y una prima. Ellas entraron a una película de Diane Keaton, pero yo entré a ver Guardianes de la Galaxia. La película empieza con Peter Quill sentado afuera del cuarto de hospital de su madre que está a punto de morir por cáncer. Mis lentes de 3D se empañaron porque no pude evitar llorar y llorar. Pocos días después leí unas quejas de la escena diciendo que en un hospital jamás dejarían que tanta gente estuviera dentro del cuarto. La verdad yo no fui a ver una historia que incluye un mapache armado esperando ver mucha veracidad de la vida real. Pero ese niño de 10 años que tiene miedo de tomar la mano de su mamá fue más real para mi que las mil películas románticas que incluyen un personaje con cáncer.

Cuatro días después me di cuenta que algo había cambiado. La enfermera estuvo pendiente de mi mamá toda la noche pero para la madrugada ya era obvio que era cuestión de unas horas. Casi a mediodía, cuando le estaba cambiando la música del cuarto a uno de sus discos favoritos (Hard Day’s night de los Beatles), ella por fin descansó.

Mi compañía más grande durantes el siguiente año fueron los superhéroes y los antihéroes de Marvel y DC. Empecé a visitar las convenciones de cómics, aún cuando yo me sentía que solo era una visitante en ese mundo.

Tengo las camisetas de personajes que me pongo en los días que quiero sentirme acompañada. Visito las tiendas de cómics y no me siento avergonzada de que no me sé todas las historias o referencias. Porque al final, por fin entiendo la razón por la cual estas historias me salvaron de la locura durante esos días. Mi mamá siempre ha sido mi superheroína favorita.