ANA FUENTES

El otro día desperté con una canción metida en la cabeza. Ni siquiera una canción que me hubiera gustado particularmente en algún momento de la vida, pero me anduvo dando vueltas todo el día. Mi cabeza a veces se parece a mi bolsa, esta llena de las cosas más esotéricas e insospechadas y probablemente cuando necesitas algo, lo que sale a la primera (o segunda o tercera) no es lo que buscabas, si no algo completamente distinto y que guardaste hace años. Así pues en mi bolsa puedes encontrar tijeras de uñas, costureritos de hotel, seguritos, hilo dental, pelusas variadas, mentas prehistóricas, papeles y tarjetas  de presentación varias o pinzas de cejas antes de dar con el celular que está sonando. De igual forma, mi cabeza retiene la dirección y teléfono de la casa en la que viví hasta los seis años, el ciclo de los ácidos tricarboxílicos y la letra de las canciones de Cri-Cri y Mocedades que oí hasta el cansancio durante mi infancia, pero ni aunque me ahorquen me acuerdo de la contraseña de mi Facebook, por ejemplo. Horrible historia.

Todo esto iba a que la canción que traía en ciclo sin fin en la cabeza, como pesadilla de música de elevador era esa de Cri-Cri de un gatito de barrio que habla de los sonidos que lo rodean, de un camión que echa chispas en la mañana, unos perros en la tarde, unas campanas que invitan a rezar,  y me hizo pensar en como cada lugar tiene sus sonidos y como nos acostumbramos a ellos.

En México estamos hechísimos al chiflido del camotero, al sonido de la armónica del afilador de cuchillos, al Ricooos tamales Oaxaqueñooos Calientitooos y al Refrigeradoooreees, Lavadoooras o algo de fierro viejo que vendaaaa! Cómo me ponía del peor humor oír a esos señores temprano los fines de semana. Me parece una falta de respeto terrible que pasen sin tener en cuenta que a lo mejor hay gente que un domingo a las ocho de la mañana lo único que quiere es dormir y no quiere saber nada de tamales ni refrigeradores. Mi familia se reía de que hiciera yo tantos corajes. Me decían, si siempre te levantas mucho más temprano, para que haces berrinche? Por principio, caray! Otro ruido muy típico de mi México, que si por mi fuera mandaría erradicar son los organilleros. ¿Se han fijado como todos los organillos están terriblemente desafinados? Yo creo que los fabricaron por ahí de la época de Don Porfirio y que el afinador de dichos chismos murió por ahí de las mismas fechas que el ex – presidente. Qué necedad de estos señores de seguir dando la tabarra con el aparatito. Además, mucho uniforme, pero me parece un tanto cínico pedir dinero entre dos personas por darle vueltas a la manivela de un pichifotito que ni siquiera funciona correctamente. Hay veces que ni echándole ganas puedes adivinar qué melodía están tratando de tocar. Los detesto. Mi mal humor musical se extiende de pasada a los Mariachis a destiempo. ¿Cómo a destiempo? La música de mariachi me parece preciosa cuando la quieres oír, no cuando estás comiendo y tratando de platicar y llega un panzón a plantársete al lado y a decirte ¿cuál le tocamos? La que quiera, pero a dos cuadras, de favor. También en las bodas y graduaciones, de que llega el mariachi, la fiesta se acabó. Y de las serenatas, mejor ni hablemos. La idea romántica es muy bonita, pero la realidad es que te despiertan de un trompetazo y te llevan al borde del infarto para levantarte con la cara papuja, aliento de hiena y pelos de loca para ver a un montón de panzones con dientes de oro y bigotes de perro (nunca he visto a un mariachi guapo fuera de las películas) a los que un montón de briagos ni siquiera dejan cantar en paz, porque obvio el que trajo el mariachi llevó a sus cuates a buscarlos y ya vienen todos con media estocada colocada. La verdad no está tan padre, ¿o si?

Luego están los espontáneos que se pasean con la guitarra, el saxo, la trompeta, por las calles con restaurantes o casas para que les cooperen. Y si vas a Polanquito, a Coyoacán o a la Condesa y la Roma ya de plano hay grupos musicales completos que deambulan entre las terrazas de los restaurantes. Lo que ya me pareció el límite de esto, fue hace como un año que estaba yo en mi casa y de pronto oí “María bonita” desde la calle, en marimba. Muy bonito y muy fuerte. Me asomé a la ventana,  desde un sexto piso, y había dos compadres inspiradísimos tocando a media calle, mientras un tercero gritaba “Va a coperaaaar?” Me dio tanta risa que claro que cooperé, eso sí, metiendo el dinero en una bolsa para no descalabrarlos o que fuera a caer a saber donde el dinero y ni pa Dios ni pal diablo. La marimba no me parece un instrumento fácil de transportar o de tocar así como que por impulso, necesitas una pareja muy experta, necesitas coche, necesitas cargar el  mueble de un lado a otro. Se ve que tuvieron éxito porque no fue la única vez. Volvieron.

Siempre oí las campanas de las iglesias los domingos temprano si ponía atención. Si no, no, igual que el tráfico, el ferrocarril a Cuernavaca cuando todavía pasaba por las Lomas y los niños del colegio de cerca de casa de mis papás.

Cada ciudad tiene sus sonidos particulares, así como cada colonia. Una de mis hermanas vive en Torreón y ahí, varias empresas usan distintos audios para vender: el Pan Panadero, los helados, las chamoyadas, y muchos más.

Al llegar a Amman, me sorprendí de que también existen este tipo de cosas. El hombre del Fierro Viejo Que Vendaaaaan! es universal, parece. Acá lo dice en árabe, pero es la misma historia. Hay otro camión con una grabación similar que vende verduras y las va voceando. El gas se vende por tanquecitos o bombonas chicas en unos camioncitos tipo pick-up azules que tienen un altavoz con una musiquita que tocan a todo volumen. Se pasean a baja velocidad por las zonas residenciales. Cuando necesitas gas, le tienes que gritar o chiflar para que se frene cerca de tu casa. La bronca es que entre su acompañamiento musical y que seguro viene hablando por teléfono- mal universal aquí-, cuesta trabajo que se entere y hay que corretearlo bastante. En las verdulerías, cuando tienen mucho de alguna cosa, para que no se les eche a perder, gritan igual que en México: A medio dinar el kilo de plátano! Nus dinar kilo moz! Vivo cerca de una iglesia ortodoxa y de varias mezquitas. En las mezquitas se llama a la oración cinco veces al día. En realidad diez, porque primero se llama como para que la gente se prepare y vaya, si va a rezar allá y luego ya se dice la oración por el altavoz. Al principio me despertaba siempre y donde que el primer llamado es muy temprano. Varía de acuerdo al calendario lunar pero es entre cuatro y cinco de la mañana. Ya no lo oigo. Los fines de semana también en la iglesia tocan las campanas. Los viernes, sábados y domingos, o sea que parecen competencias. Para acabarla a una cuadra también tengo una escuela bastante grande, entonces también se oyen los niños, las filas, etc. Pero a todo te acostumbras.

La primera vez que oí una armónica por la calle, volada agarré un par de cuchillos y unas tijeras y me fui hacia la puerta. Alaris, me dijo: “Que pasó? Quieres pelo de niña?” Yo pensé, ta loco este y me bajé volada. Resulta que el de la armónica no era un afilador, era un vendedor de algodón de dulce, que aquí le llaman pelo de niña. Cuando subí con cara de huarache, me preguntó por el dulce y me dijo que porqué bajé armada y ya le expliqué lo de los afiladores en México y nos morimos de risa.

Aquí no hay bandas de música típica, como el mariachi, los tríos, los jarochos o los norteños. Les gusta mucho la música, toda ella muy estilo árabe en ritmo y , muy distinta a la nuestra y al pop. La música típica de aquí, que se baila en las bodas se llama dubka y es como un tecno árabe, que se baila todos agarrados de la mano y haciendo como una especie de pasito tun tún con brinquitos, según ponga el paso el primero de la fila, que puede cambiar el número de pasitos o brincos según le llegue la música. Es cotorro y requiere cierta coordinación para no pisarse con los compañeros de baile. También les gusta bailar tipo belly-dancing, a las mujeres, con trapos, con palos y lo saben hacer muy bien. El instrumento típico es el Aud, que es como una guitarra un poquito más panzona y menos acinturada, pero la gente no la anda tocando por la calle así sin más. Si quieres oírlo hay que ir a algún lugar donde haya show o a un concierto.  Lo que si ves de repente son gaiteros de la Legión Árabe  en algunos lugares públicos y a veces los llevan a las fiestas. Si los mariachis le parten el queso a los convivios, imagínate los gaiteros de la legión.

Los sonidos de animales también son muy distintos. En México, donde vivía había muchísimos perros. Mi vecina de piso tiene dos perritos chicos, muy nerviositos que cada que entraba yo a mi cocina se ponían medio locos.  Me daba un poco de pena, porque duermo muy mal y me levanto muy temprano, pero pues los perritos no eran míos. Ni modo de no ir a tomar un café o de no ir al gimnasio por no alterar a los canes bipolares. Otros vecinos de la cuadra también tenían muchos perros y siempre había alguno ladrando. Hay muchos árboles, y por lo mismo muchos pájaros, que al amanecer empiezan a dejarse oír.  En Jordania, la gente casi no tiene perros. El Islam consideraba al perro sucio y potencialmente portador de enfermedades, por tanto se lo podía tener fuera de casa para trabajar, por ejemplo para cuidar los rebaños, pero no en casa. Ahora eso ya no se considera haram, pero yo creo que se les quedó la maña, porque en general la gente no es de tener perros. Hay muchísimos gatos, pero gatos de la calle. La gente en general tiene pocas mascotas. Al ser esto muy desértico, también el número de pájaros es mucho menor. En la ciudad hay palomas, cuando no hace mucho calor. En verano yo no sé si se esconden o se van porque ni eso ves, del calor que hace. En el norte del país, que hay más bosque, más cultivos hay más pájaros que si se dejan oír y mucha gente cría animales, por lo que oyes gallos cantar, de repente vacas, burros, caballos, camellos y borregos.  De insectos, también pocos por el clima extremoso, salvo los moscos, que son molestísimos. Al ser desierto uno pensaría que no habría. Pues si hay y versión “tormenta del desierto”, malos de malolandia. Algo de abejas y chicharras o grillos.

Hay sonidos que en un momento te transportan a un lugar y te hacen sentir en casa, si bien llega un momento en que ya no lo oyes en forma consciente, porque se hace parte de tu diario vivir. Los asimilas y los haces tuyos. Así ya me pasa con las llamadas del muezzín desde los minaretes de las mezquitas, ya son parte de mi vida, y ya los oigo como algo grato cuando estoy despierta y si estoy dormida ni me despiertan, siendo que la primera vez que los oí me parecieron molestos y hasta un poco alarmantes, pero igual echo de menos los sonidos de mi tierra, que llevo bien metidos en el cuerpo.

Salam!