Por: Priscila Torres

En algún punto de mi vida tuve problemas con mi cuerpo e hice cosas que no me llenan de orgullo. Vivía contando las calorías y bebiendo agua simple en todo momento. Me sometí a dietas impresionantes que me hacían ver demacrada y cansada. Todas las noches me miraba en el espejo y si no me gustaba lo que veía volvía a someterme al riguroso plan alimenticio, pero ni así me encontraba satisfecha.

No vivía a gusto con la piel que habito y no me daba crédito por nada. Exigirme estar en un cuerpo perfecto se convirtió en mi plan de vida. Incluso escuché un audio para poder adelgazar.

Mientras me llenaban de halagos por mi cuerpo perfecto yo moría de hambre. Me halagaban y no me daba cuenta del daño tan grande que me hacia, pero yo me veía delgada y eso era lo único que me importaba.

Para entender que soy hermosa tal y como soy tuve que darle un giro repentino a mi vida y dejar atrás a personas. Me llevé una sorpresa asombrosa al escuchar decir a mi pareja que mi cuerpo lo vuelve loquito. ¡Ya amo la lonjita que en ocasiones se asoma por ahí! Comencé a cambiar la presión de ir al gimnasio por disfrutar ir. Deje de ir por la pandemia, pero baje una aplicación para ejercitarme cuando puedo, me inscribí a clases de tahitiano y salgo a caminar con mis perritos. Tomo agua, aunque de vez en cuando, bebo soda.

Cuido lo que entra a mi boca, aunque no es como antes. Trato de ver lo que como, pues desciendo de personas que tienen una historia con la presión arterial, azúcar o infartos. ¡Ya no tengo hambre! Me alimento perfectamente bien. De un tiempo para acá ya no quiero ser Miss Universo tan solo soy Priscila.