PALOMA GONZÁLEZ

Siempre me han gustado los güeros, y si tienen ojos claros, ¡uf! mucho más.

La primera vez que lo vi, fue de lejos, no sabía si iba a quedarse o sólo estaba de paso, así que un poco lo ignoré.

Caminaba elegante, despacio hasta un poco altanero, pero me gustó.

Pasaron algunos días y seguía ahí, a lo lejos, con la mirada acechando todo lo que pasaba a su alrededor, entonces por fin me acerque.

Nuestro primer encuentro fue un poco raro, pero bastante exitoso para ser un par de desconocidos. Lo buscaba todos los días y él empezó por acostumbrarse, su mirada era una mezcla entre dulzura y sabiduría. Al principio no supe bien a bien cómo interactuar, él fue mucho más noble para entablar un intercambio de caricias. Nos caímos bien.

Un buen día abrí la puerta de mi casa y en primera fila estaba esperándome, mi sorpresa y un poco de susto fueron grandes, la verdad estaba feliz.

Nunca me imaginé tener una mascota, mi historia con los animales prácticamente era nula, mi nariz no fue creada para los seres peludos.

El doctor y mi mamá lo descubrieron desde antes de que empezará a caminar. Ojos llorosos, estornudos al por mayor, gargantas irritadas y ronchas en la piel fueron la declaración contundente para alejarme de pájaros, gatos, perros, conejos y todo animal suave al tacto por el resto de mi vida.

Mágicamente muchos años después este gatito mezcla de siamés y común me adoptó, y no estornudé ni una vez.

Era un vago, no quiso vivir dentro de mi casa, se lo agradecí, peregrinaba entre el jardín y el garage. Puntualmente pedía comida, compañía y cariños tres o cuatro veces al día.

Le llamé Miau, comía plácidamente cuando me tenía junto, frotaba su cabeza en mis piernas, daba vueltas y vueltas a mi alrededor, se acurrucaba en mi regazo solo a ratitos, en una palabra se dio a querer.

Al final no sé si me encariñé más yo con él o él conmigo, pero se convirtió en parte fundamental de mi rutina diaria.

Miau tenía algo de perro, si gritaba su nombre en un santiamén se aparecía; por las noches me esperaba en la reja y caminábamos juntos hasta la casa, me empujaba para ser el primero en entrar, llegaba hasta la cocina y se sentaba frente a sus croquetas. Entonces, con la bolsa en las manos regresábamos al garage, le servía un poco y por fin me dejaba ir a dormir.

En pos de su cuidado le compré una casita y un colchón, él muy ingrato las ignoró por días. Yo inexperta madre me hincaba frente a él y metía la cabeza en la casita para invitarlo a disfrutar de su nuevo habitáculo. Obvio no funcionó, me observaba, daba media vuelta y me dejaba haciendo el ridículo.

Sin decir una sola palabra me regalo momentos de mucha felicidad. En los días alegres me hacía reir más, en los días tristes me acompañaba y me consolaba, el resto de las jornadas la pasábamos conociéndonos y reconociéndonos.

No era juguetón, no mordía y tampoco peleaba. Resulta que era un gato senior, un alma vieja que se quedó conmigo a disfrutar sus últimos atardeceres.

Cuando se fue para no regresar, se me partió el corazón, pero le agradecí que me escogiera a mí para ser última compañía y le agradecí a la vida ese regalo totalmente inesperado.

Me enseñó a ser más noble, cuidadosa, responsable con alguien más que no soy yo, atenta a descifrar lenguajes, cariñosa y recíproca.

Ahora cuando recuerdo cuando decía: “yo nunca voy a cuidar a un animal, pobre de mi nariz y además, que lata debe de ser” solamente me queda afirmar: nunca digas nunca.

Nunca digas nunca…