POR: MARÍA BORJA

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Vía @leti.sala

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A mis cortos veintitrés años puedo decir que he escrito un sin fin de cartas. A mis amigos, a mi familia, a aquel quien pensé era el amor de la vida (que resulto ser no más que un gran maestro), a quien corresponda, hasta a mí misma. A mis experiencias, viajes, cicatrices y aprendizajes.
Pero a ti, a ti nunca me he atrevido a escribirte, deja tu mandarte, una de ellas. Me parece un tanto irónico, pues tal vez es a ti a quien más cosas tenga que decir. ¿Cómo empezar? Si ni siquiera te puedo definir del todo. Cada vez que me he encontrado contigo o con tu presencia te he visto diferente, cada vez que me has tocado (para nunca volver a ser la misma) has mutado de forma y sobre todo de fondo.
Te conozco, me conoces; nos conocemos. Y sin embargo no sé realmente nada de ti.
Querida muerte: Apenas teclee tu nombre recorrió de mis pies a mi cabeza un punzante escalofrío, ese que siento sentimos todos cuando hablamos de ti (pues así nos han enseñado a reaccionar desde que tenemos memoria o incluso antes de esto)
Querida, pero sobre todo temida:
Querida, pero más bien detestada: (pues a veces creo que me has arrancado a lo que más he querido)
Muerte:
Has ido y venido, pero sobre todo te has llevado.
Te presentaste por primera vez en mi vida e imaginario cuando tenía apenas tres años. Pasaste y recogiste Pilo, después de años de sufrimiento para él y la familia y una desgarradora enfermedad. Aprendí que tu color favorito era el negro, que te gustaban las coronas de flores blancas y que hacías como por arte de magia que de los ojos de las personas brotaran litros y litros de agua con sal.
Aprendí que eras algo tan extraño y tan incomprensible que ni mi mamá me pudo explicar que habías hecho con mi abuelo, así que asumí que lo mejor era temerte. Temerte mucho y en silencio, pues la gente se incomodaba cuando se hablaba de ti en voz alta dentro de la habitación.
Nos reencontramos cuando era ya un poco más grande, un par de veces, cuando los doctores me recogían en urgencias y gritaban, mientras le decían a mamá y papá que era un milagro que no me hubieras pescado (y eso que intentaste tanto que sí lograste llevarte un buen pedazo de mí)
La vez que más cerca y más carbona te he sentido fue cuando abrazaste a J. Entonces no era más que una adolescente, pero sí tenía la edad suficiente para comprender que habías decidido que el telón de su obra (la cual resultó ser tragedia) se levantaba años luz antes de lo que correspondía (hoy tal vez entiendo

 que no fue así) Pero en aquel momento, caíste sobre mí, mamá, mis primos y Abu como un costal de 500 KG de plomo mezclado con sueños y corazones tan rotos que a la fecha no sé si podemos reparar.
Y fue así como tus apariciones se fueron juntando, como granitos de arena. Los cuales terminaron haciéndome creer, y sobre todo sentir, que la vida no era más que una playa pavimentada por y para ti. Que vivimos esperando que nos llegues, intentando huirte, queriendo no mencionarte (pues no te vayamos a invocar).
Y por eso pienso que tal vez es hora de que rompa con la idea que eres una maldición muda, pues me rehúso a creer que no escuchas razón ni palabras. Escúchame, escúchame cuando te digo todo lo que he aprendido.
Querida Muerte:
No eres más que la condición y única ley universal de la vida.
Tú crees que te llevas, pero entiende de una vez, que a nosotros nadie nos quita. Porque nadie nos quita las risas y conversaciones de sobre mesa a las cinco de la tarde, nadie nos quita las enseñanzas de quienes has tocada y a su vez nos han tocado a nosotros. Nadie nos quita, ni nos quitará, ese beso de buenos días y buenas noches que le dimos a nuestro ser amado.
No te llevas más que lo menos importante, pues en mi cabeza (y en mi corazón) la voz de Nane quedará intacta, aunque el tiempo le pase y la pise. La mirada traviesa de J después de contar un chiste está quemada en mi memoria, la fuerza que me transmitió y me transmitirá Jenny corre eternamente por mis venas.
Me rehúso a huirte, porque sería como huir de la vida misma
Me rehúso a guardar silencio cuando de ti se trata, pues sería como convertir en verdaderos fantasmas a todos esos que como ya mencioné, siguen y seguirán con nosotros.
Y podré ir por la vida con tranquilidad, aunque nunca sabré quién eres (pues cada vez que eres cambias de forma, pero sobre todo de fondo) o qué hay después de ti. Pues también aprendí que en el aquí (y en el ahora) no hay lugar para después. Así que me despido por ahora, sabiendo que nos volveremos a encontrar, pues eres (tal vez) la esencia de la vida.
Y mientras sepamos que existes, significa que sabemos que también nosotros existimos.