ANA FUENTES

Pasé gran parte de mi vida sin saber a ciencia cierta que es el danzón. Pensaba que era una expresión para denominar cualquier baile. Gracias a mi mamá que es bailadorsísima supe que es un baile en particular, que se baila en pareja como en un cuadrito y que se baila en varios lugares de la Ciudad de México y en varias plazas por toda la República.

A mi mamá le fascina el baile. Toda la vida cuando iba a fiestas y bodas, empezaba la música y ella se paraba a bailar. Iban desfalleciendo sus parejas, y ella seguía bailando, sola o con una hermana que era igual que ella, hasta que se acababa la fiesta o se la llevaba mi papá, lo que sucediera primero. De unos años para acá decidió tomar clases de danzón y después para practicar comenzó a ir a bailar a las plazas públicas, a la Plaza de la Ciudadela, a Iztapalapa y no sé a qué tantos otros lugares. Además de bailadora, mi mamá es como El Popochas. Hace amistad hasta con las piedras. No hace falta decir lo que pasó con esta mezcla de sociabilidad extrema y pasión por el baile. Íbamos a una misa de difuntos y a la salida de la iglesia, había una mujer pidiendo limosna y saludaba de beso a mi mamá. Ay, hija, baila los sábados en Iztapalapa, y baila bonito, eh? Lo mismo los meseros de Mayita en las bodas, algún taxista, un cura jesuita…. Son bailadores, decía. Yo no daba crédito que a mi mamá le gustara bailar de abrazo con una bola de desconocidos.  Llegaba siempre llena de regalitos, cartas, poemas, aretes, alguna cosa de comer que le habían regalado sus amigos y amigas bailadores y habiéndolo pasado bomba siempre. Siempre había una historia, que si la orquesta, que si el estado había regalado una tanda, que si no se quién bailaba mejor, que los zapatos de fulanita, cosas que yo no acababa de entender.

Pues no se me ocurre un día, por curiosidad acompañarla a La Ciudadela, para ver de que se trataba el asunto. El dicho de que la curiosidad mató al gato yo creo que se inventó pensando en mí. Llegando, mi mamá buscó su lugar para sentarse o más bien poner sus cosas- porque no se sienta, baila todo el tiempo-, cerca de la música, del baño, de sus amigas, de los juegos porque traíamos a mis hijos chiquitos, y por supuesto de la pista, para no perderse ni un momento de baile y para poder ver a todo el mundo. Yo me di vuelo viendo a toda la gente que iba con unas galas muy particulares para bailar, los hombres con trajes como de pachucos, las mujeres con faldas o vestidos y zapatos de tacón bajito y abanicos. Había mucha gente mayor, pero también algunos jóvenes y hasta niños, todos con ganas de bailar. Unos se veían muy profesionales y eran muy correteados como parejas, otros se veía que apenas estaban aprendiendo, pero todos lo estaban pasando bien.

De pronto, que se me presenta un viejito, con lentes de fondo de botella rotos y pegados con cinta de aislar y las manos manchadas de obscuro, como que trabajaba de soldador o electricista, eso sí, muy peinadito y me dice: “¿Baila?”.  Achís. Pues a veces, pero ese no era el plan. Le dije: “No, mil gracias. No sé bailar.”  Me dijo: “Ándele, no sea así, si su mamá baila muy bonito”. “Ay, señor, esas cosas no son genéticas. De verdad que no, muchas gracias”. “Por favor, no me deje en vergüenza, ya nos están viendo”.  “En más vergüenza lo voy a dejar si bailo, ya le dije que no sé”. “Sólo una, yo le ayudo”.

“Ándele pues, pero conste que yo ya le dije que no sé…..” Y que me agarra de la mano, de la cintura y vamos para la pista. Yo tenía la ilusa esperanza de que el hombre fuera un virtuoso y lograra disimular mi ineptitud. Hay gente así, que baila tan bien, que logra que cualquier patosa pareja medio coordine porque ellos compensan con lo bien que lo hacen. Ja! Pa-pe-la- zo! El hombre para acabarla no era ningún bailador espectacular y yo mala e ignorante de por sí, pues no sabía ni para dónde. El señor venga a hacerme mano de puerquito y yo a suplicar que no me lastimara de favor. Me decía, “Es que si yo le hago la mano así, usté tiene que ir pa’ acá”. “Haberlo dicho, caramba. Hablando se entiende la gente. Dejémonos por favor de actos violentos, solo dígame y se hará lo que se pueda”.

Acabando la música, con cara de desilusión, me dio las gracias de mala gana y lo oí decir: “De verdad, no sabe bailar”.  Mi español es malo, a lo mejor, pero creo que se lo dije mil veces….La gente no escucha.

A mi mamá desde entonces le ha dado por bailar tango, que es mucho más interesante y complicado que el danzón, pero ni de broma voy a volver a cometer el error de irme a parar a algún evento de baile, no vaya a ser que se repita la debacle del bailador insistente.