POR: Maruja Esperante Lozano

Solo se encuentran un minuto cada hora. Un minuto que están tan cerca, que se rozan y susurran, se contemplan y se huelen, se prometen. Un minuto en el que el reloj les permite fundirse, encimarse la una en la otra, creer que es posible liberarse de la tiranía de esa espera circular. Lo viven con gozo y picardía.

Atrás quedó el tiempo de la desesperación, de la sed y el hambre de saber que ese minuto no bastaba, del placer suspendido, de la angustia de la espera. Esa ansia, esa pena, les hacía manchar con reproches y condenas el encuentro. Esta vida es una lucha contra el tiempo; somos esclavas de esta esfera; qué vida es esta; quiero alas, quiero pies, gritaban al encontrarse.  Y cuando el minuto acababa se les quedaban las manos huecas y los labios secos.

No sabían cómo romper ese ritmo cruel de añorarse en la distancia y malgastarse en la presencia.

El tiempo es interminable para el que desea, le dijo un día la pequeña a la grande a las doce en punto. La grande se quedó con el reproche habitual en los labios y la frase en la cabeza. Cuando dieron las tres y cuarto, la grande contestó que el tiempo no es sino el espacio entre nuestros anhelos. A las seis y media, la pequeña replicó que el tiempo es un excelente sanador de pasiones. A las nueve menos cuarto citaron a coro: “el tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan, pero para quienes aman, el tiempo es eternidad.”

Se separaron con la angustia domada y para cuando volvieron a dar las doce, las manecillas ya no abrieron los labios para recriminarse, sino para reconocerse.

Desde entonces ya no les duele dar vueltas. Ya no gastan las ausencias en anhelos y las presencias en condenas. Con el tiempo han aprendido una danza, desde lejos se contemplan, se preparan, se seducen, para devorarse de cerca. Una dinámica de armonía perfecta.

Hasta hoy.

Hoy, la manecilla mayor amaneció algo más lenta, la pequeña nota una sutil vibración que la retrasa y molesta. En la cita de las dos y diez lo comentan entre suspiros. La de las cuatro y veinte llega con retraso y se besan algo inquietas. Para las ocho con cuarenta comprenden que está agonizando la pila del reloj de pulsera. Saben que la danza se detendrá, tal vez hoy, tal vez mañana, pero sucederá.

Las dos tienen miedo, pero no se atreven a confesarse ni a sí mismas, ni a la otra, qué temen, si a parar en la ausencia o en la presencia.

*Cita de William Shakespeare