MARIA SAUCEDO

Una de las primeras enseñanzas que recuerdo de mi maestra cuando comencé a practicar por ahí de hace catorce años fue: la postura que más te cuesta trabajo, esa que más odias hacer, es la que más necesitas. Nada describe mejor mi historia con las inversiones. Lo mío con las posturas de inversión en un asunto karmático. Dejemos de lado cuánto tiempo me costó poder subir a Sirsasana sin el apoyo de una pared (fue bastante más de un año) si no que hasta la fecha, cuando hago un parado de cabeza mi respiración comienza a hacerse más pesada, siento cómo la sangre sube a la cabeza y el miedo empieza a recorrerme toda, hasta la punta de los pies. Ni hablar de mi progreso en Pincha Mayurasana.

Tenía una compañera que, sin  llevar mucho tiempo de práctica, siempre me impactaba su manera de subir al parado de manos: con total valentía (incluso un poquito de más) arrojo y entrega a la postura. Ella se caía una y otra vez. Nada pasaba, se levantaba y volvía a subir. Traaaazzzz, una y otra vez. Me daba una envidia tremenda porque me imaginaba que seguro así abordaba los asuntos en su vida diaria, con rendición total a la incertidumbre, con aceptación y con fe. Nada que ver con mi muy vata manera de pensar, un poco fatalista y un poco muy miedosa. Pero no se trata de un capricho del ego de querer dominar la postura porque sí, porque se ve lindo y por querer lograr más. Se trata de ver qué me enseña cada postura, de tener la valentía de enfrentar nuestros miedos (como es mi caso con las inversiones) , de entregarme al proceso sin esperar los resultados, la postura perfecta, si no descubrir qué es lo hay en el camino. En mi camino, pues, porque cada quien tiene el suyo, cada quien tiene su historia, sus demonios, sus amores. Honro mi proceso, honro mi historia, honro mi camino.